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El 23-F sube a escena en el Teatre Lliure.

Àlex Rigola dirige la adaptación del libro de Javier Cercas sobre el fallido golpe de Estado de 1981. Reparto formado por Pep Cruz, Enric Auquer, Xavi Saéz y Roser Vilajosana.

Un auténtico thriller político de nuestra actualidad real, donde se juegan a los dados nuestra democracia y su destino. Una España de pandereta, trágica y cómica a la vez, gobernada por un Rey de pacotilla. Esperpéntica, este es su rasgo de identidad. ¡Excelente, no se lo pierdan!

El capote (en ruso: Шинель, Shinel) es un cuento de Nikolái Gógol escrito entre 1839 y 1841, y publicado en 1842.

Un grupo de lectura me ha inspirado esta reflexión.

Retrato entrañable de un ser inexistente. Como tantos y tantos, hoy y antaño, que han pasado sin dejar huella. Solo existe, gracias a Gogol, para dar cuenta de la miseria infinita, personal y colectiva, la miseria incurable, la lacra de nuestro mundo.

Akaki Akákievich, solo tiene algo, tiene muchas kas en su nombre y apellido, significante de mucho peso.

Por lo demás, no tiene nada. K.  representa el viejo capote, encarnación y metáfora de la pobreza. El es el viejo capote cuya muerte está anunciada. No hay capote que valga para un pobre, no ha nacido para ello. Solo ha nacido para arrastrar su miseria y su inexistencia en el mundo que le ha tocado vivir, este es su destino!

Una tristeza infinita invade el lector y lo acompaña en ese recorrido de palabras que dignifican al ser. La dignidad máxima es alcanzada post mortem, cuando nuestro héroe toma cuerpo, por fin está vivo y reclama lo que le pertenece, se rebela ya muerto, contra un mundo injusto y cruel. ¡Magistral! Obra de un escritor magistral que opera un milagro con su escritura: eleva a nuestro deshecho- objeto del poder ciego-  y  le otorga la máxima categoría humana de un sujeto singular, y único.

Y como música de fondo la canción de Brassens : “pauvre Martin pauvre misère, creuse la terre creuse le temps”.

Lo dice Bergman en su película: «Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado».

Un fantasma conocido recorre Europa y se ha instalado también en Cataluña. No sé por qué los llaman neonazis, cuando son los de siempre. La mancha de Vox ya está aquí, con su antisemitismo, chovinismo, tiranía y deshumanización. Están en nuestra casa con sus 11 escaños. Son la cuarta fuerza política, un SORPASSO A LA DEMOCRACIA. Resuena la voz que acosa nuevamente el contubernio comunista judeo-masónico.

Es hora de despertar ante ese histórico fenómeno catalán, ¡el más  relevante de nuestras elecciones! Cataluña ha dado voz y voto a VOX, y eso no se  puede ignorar ni podemos hacer la vista gorda. Una mancha negra se extiende sobre la democracia catalana y la tiñe de lo imborrable, o de lo peor. Toca despertar cuando aparece la cara más oscura de nuestra historia, la del fascismo europeo y de la dictadura franquista. No banalicemos el mal que nos puede devorar. 

Y parece que nadie quiere ver ni saber,  a pesar de que nos golpea en plena cara -esa otra cara de la moneda catalana-. La utopía se encuentra con la distopia. El Parlament català no volverá a ser lo que fue, a menos que arranque ese huevo de la serpiente que ha salido de sus entrañas.

Catalunya del meu cor.

Sí, son tiempos de violencia descarnada. Sí, sin duda, hubieron otros tiempos de horror —Los Campos—, cuánto dolor encharcado, herencia a veces incurable para generaciones. Hoy la violencia es diferente, es obra de un mal maligno y desconocido, es la incertidumbre de una nueva provisionalidad que cala en nuestros huesos. Un «yo qué hago», «adónde voy», «cómo viviré», o «cómo moriré»…

Hace meses que escucho a personas asustadas; el miedo ha calado muy hondo para algunos. Sin duda con una razón de peso incuestionable: una pandemia asesina, donde se juega todo a vida o muerte, a cara o cruz.

Y, sin embargo, es por ello que te escribo: el miedo sistemático corroe y mata en vida. El miedo mata nuestros anhelos, proyectos y nuestras ganas de vivir. El miedo aniquila tu vida, la que tú todavía determinas. Eso no quiere decir que haya que silenciarlo: todo lo contrario, expresa tu miedo para reducirlo —a un amigo, vecino, o terapeuta—, no lo conviertas en tu armadura, que puede cronificarse. No te quedes callado y resignado esperando lo inefable. Habla de tus miedos pero no los petrifiques, tu vida es lo más importante. Expresa tu miedo para reducirlo y darle vida a tu vida. ¡Vive mientras tengas vida! Este es el Mandato y un deseo. Ahora podríamos entenderlo como un mandamiento primordial, que eleva la vida a la primera categoría y prioridad, como lo ha sido siempre.

Sí, vive al día, y al minuto, como si fuera el último. Y si la muerte te atrapa, será viviendo y con las botas puestas. Lo que algunos olvidan es que el deseo de vida es el mejor remedio contra cualquier enfermedad. He visto personas que han estado años luchando contra enfermedades graves y han ganado terreno, mientras que otros se han rendido. ¿Deseaban otra cosa?

Siéntate y para de cavilar, el proyecto es aquí y ahora, en PRESENTE. Eso me digo a mí misma: piensa con calma, el presente es tu vida, no lo derroches. Haz lo que siempre has deseado hacer, sin postergarlo sine die.

Piensa, o escribe, o cuéntaselo a él o a ella. Dímelo a mí, si quieres, eres bienvenid@. Nuestro confinamiento debe ser un acercamiento al Otro, y entre nosotros, no hay otra vía para la supervivencia. Incluso puede ser una suerte de afecto renovado, que sublima el malestar que late a veces dentro y entre nosotros. Hoy nadie se salva solo y, si muere en soledad, menuda tristeza. No hablo del amor bobo, ni de la misericordia cristiana. Hablo de un afecto que fluye entre nosotros y nos calienta el alma. Ya no estás solo, o sola, ¡acércate!                                     Sé prudente, por favor, pero no cedas al miedo. Sé valiente, ¡todos nos jugamos lo mismo!

No sé qué más decirme y deciros para sobrellevar esto que nos ha tocado vivir. ¡Vívelo con valor, aunque sea tu última experiencia.  

Amigos, acabo de escuchar, en un canal de TV, una voz que reclamaba: “¡una vacuna contra la depresión!”   Y me pregunto, ¿y una vacuna contra lo humano? Llegará, no se preocupen, será proporcional a la estupidez humana, que, esa sí, no para de crecer y de multiplicarse; muchos son los testimonios que lo ratifican.

El materialismo y un desconocimiento de la ciencia -el pensamiento mágico- han logrado este efecto destructivo. Lo que no se ve no existe y, cuando despunta, hay que eliminarlo.

Asistimos pues a una eliminación sistemática de los síntomas que dan cuenta de nuestra subjetividad, de nuestros vínculos, o de nuestras palabras, cuando dicen nuestro dolor de existir. Eso último solo requiere una escucha cercana, alguien que de fe de mi existencia y acuse recibo de mi demanda desesperada. Eso alivia y alienta, eso nos humaniza. Y si no, ¿qué sería de este sujeto extraviado que deambula solo por un mundo desertizado, dejado de la mano de Dios y del hombre?

Todo el mundo se pregunta qué va a pasar, pero eso ya está pasando. Se ha instalado la civilización del Selfie. Cada uno con su móvil comunicado con mil otros, pero sin ninguno, o sea solo, con su goce y su tristeza a cuestas, ¡callado!

En tanto psicoanalistas, tratamos a cada sujeto uno por uno, para darle un lugar propio y devolverle su palabra propia. La depresión ha existido desde siempre. De hecho, en mayor o menor medida la depresión existe en todos los pacientes que vemos, es el síntoma más frecuente. Podemos decir que las depresiones dan cuenta de esta cara oscura de nuestra intimidad contemporánea, cuya otra cara es el ideal del éxito y la obligada felicidad-para-todos. De hecho, la depresión es un fenómeno de la época, que representa su estado de ánimo, es la enfermedad del discurso capitalista, como la llaman algunos, que denuncia sus efectos sobre el sujeto actual. Exacerbada, por supuesto por la plaga del covid que ha tirado de la manta para desvelar lo siniestro de nuestras vidas.

Hace años que el pronóstico de la Organización Mundial de la Salud nos advierte: “Se espera que en el 2020 los trastornos depresivos ocupen el segundo lugar entre las patologías responsables de la muerte y discapacidad a escala mundial”. ¡Ya hemos llegado!

Recuerdo que eso empezó hace unos 25 años, aproximadamente, o más. Estaba en un servicio público y empezaba a percatarme de que se multiplicaban los diagnósticos de “depresión”, que se convertía así en un cajón de sastre.  Quiero decir que teníamos que estar muy alertas al diagnóstico y poder discriminar.

Tres causas fundamentales se barajaban en este fenómeno:

  1. El boom de los antidepresivos. Para muchos, el antidepresivo, o algún ansiolítico, se ha convertido hoy en algo parecido a un complemento vitamínico.
  2.  Se imponían los Manuales de diagnóstico (DSM-IV, etc.). La histeria, que era el termómetro de su época, era tachada del Manual. En su lugar aparecían las depresiones y la fibromialgia, entre otras. Todo se aplanaba y se banalizaba. La estupidez y la ignorancia también ganaban terreno en nuestro campo.
  3.  De-presión, la presión se imponía como modo de vida, el estrés. Así, nos deprimíamos todos un poco ante la pesadumbre del mundo que nos ha tocado vivir. Y algunos tiraban la toalla.

He visto -veo- pacientes que llegan  con la etiqueta de “depresión crónica”, cronificada por muchos años de medicación. Llegan con el pronóstico “abandonad toda esperanza”, y, sin embargo, vienen. Una paciente joven me contaba que para ella la depresión era como la diabetes: ella y su fármaco, de por vida. Otra persona mayor me decía hace poco que se estaba enterrando viva… Muchos años de silencio y de fármacos solo tienen una salida: la cronificación. Acaso podemos hablar de un denominador común, algo del depresivo que deviene un paradigma del sujeto actual globalizado, atiborrado, desvitalizado o irresponsable, muy paranoide y maltratado; todo está fuera y el sujeto deviene objeto, víctima del maltrato ajeno.

Y aquí es donde aparece la “vacuna contra la depresión”, para salvarnos de una muerte anunciada.

Y, sin embargo, o por eso mismo, seguimos aquí, nuestra ética da un giro radical a la queja: lo que es queja o coartada deviene una responsabilidad. Es lo que llamamos rectificación subjetiva. Como psicoanalistas situamos al sujeto donde le corresponde estar, en la responsabilidad que le toca asumir, para poder algún día recuperar sus recursos propios y su deseo. Imposible sustraerse a eso.
Lo siento, amigos, no hay vacuna contra la depresión y, si la hubiera, les recomiendo antes de tomarla servirse una copa de cicuta, que nos asegura una muerte mas digna.

Este domingo, 31 de Octubre,  he presentado un caso clínico en Tarragona (ACPT). Este no es el caso, es solamente una breve reflexión que me ha suscitado.

¿Confinamiento, o autoconfinamiento? Esa podría ser la cuestión cuando abordamos, ahora,  la transmisión de un caso. El sujeto está confinado también en su novela familiar y en su fantasma. Incluso diría, en el mejor de los casos.

De pronto, llega el confinamiento. ¿Quién lo esperaba? Es un hecho traumático,  Real,   -un corte inimaginable- que nos despierta del idilio consumista y prepotente del Homo Deus, y nos confronta con lo peor, una pesadilla.  En este tiempo agitado, he visto a muchas personas. “Visto” es un lapsus, evidentemente… he escuchado a muchos. Bendito teléfono que permite la circulación de la voz y de las transferencias. Abrimos un servicio gratuito para los que lo necesitan y empiezan a llamar. Mi conclusión: hay tantos virus como personas, cada uno autoconfinado en su fantasma. ¡NO SOLO SOMOS CARNE DE VIRUS!

¿Hace falta el encuentro de dos cuerpos para conducir un análisis? Para mí este ha sido el descubrimiento de la Pandemia. Sí, cierto, ha cambiado nuestras vidas, ¿pero ha cambiado algo de la transferencia? Donde había transferencia, esta se ha mantenido, sostenida por la voz y por el deseo del analizante y del analista. El cuerpo para nosotros es un discurso, y este, para decirse, no necesita de la presencia física. El cuerpo no es el sujeto. Podemos decir que el cuerpo se confina, pero el sujeto, no. Estas son también reflexiones escuchadas en una ponencia de Luis Izcovich.

Freud decía que nada se puede matar en ausencia o en efigie. Hemos descubierto, gracias al virus, que sí, se puede matar en ausencia y en escucha de la palabra. La transferencia instalada del S.s.s. perdura, e incluso a veces se fortalece.  Y a la vez, no sólo se trata del supuesto saber, hay demandas, muchas, que reclaman ¡UN PLUS DE VIDA! Este es un reto especial para un analista.

Lacan, en el Atolodradicho, dirá, “es del inconsciente que el cuerpo toma su voz”. Podemos pensar, como dice L. Izcovich, que la voz cierne la relación entre cuerpo e inconsciente. El objeto voz nos pone más en relación al inconsciente que el objeto mirada. El uso del diván lo confirma. “Hacerse ver”, que para una de mis analizantes,  tenía una importancia primordial, se convierte en hacerse escuchar, un circuito esencial. Gracias a la voz, el cuerpo se sostiene de otra forma en lo simbólico. Hay un encuentro mas allá de la mirada del narcisismo especular. Ella -la chica joven que acabo de mencionar-  se debatía desesperadamente entre los dos polos del espejo, la imagen Ideal y la degradada; este era su auténtico confinamiento del cual empieza a salir.  Esta es, a la vez, nuestra  apuesta clínica por la aparición de lo singular de cada sujeto y por la construcción de un cuerpo habitado de una manera menos sufriente.

Este es también el interés de este caso, ella se refugia en su imagen, para denunciar sus trampas. Hoy asistimos a un fenómeno muy extendido: el de la imagen como suplencia, que tiene un valor actual específico. La vigorexia de la imagen alterna con el debilitamiento de un sujeto que tiene serias dificultades para construir su identidad en el registro simbólico y que navega perdido en las mil imágenes, tatuajes, operaciones, trans-formaciones del cuerpo como búsqueda fallida de su ser, que no dan cuerpo a su identidad. En eso sigue vigente la importancia del psicoanálisis, para reconducir este desvarío y situarlo en las coordenadas que corresponden a la construcción subjetiva.

Daniela Aparicio,  31 de Octubre 2020.

La Psicología y la Psiquiatría científica forcluyen al sujeto necesariamente. Eso no hay nada ya  que lo detenga. Este es, a mi entender el nuevo paradigma: el de un sujeto  condenado al declive, que  pierde su consistencia como tal para un Amo que pontifica  la “normalización” con el empuje globalizador  del “todos por igual”. Hace años que eso se produce y no  acusamos recibo. Y todavía con mayor razón si no paramos de repetir  con Lacan, que nuestro sujeto es el mismo que él de la ciencia. Si la ciencia lo forcluye tiene que  reaparecer en  otra parte y si no siempre llega, o nos llega bastante maltrecho debemos sacar nuestras conclusiones. Este es el sujeto melancólico, el que padece su propia perdida.

Las mismas depresiones, el ejército de deprimidos como patología principal de nuestro tiempo vienen a decir lo mismo, hay un duelo interminable  por un sujeto  abandonado a su suerte,  o  a sus fármacos,   y a su silencio en soledad. Este sujeto no puede estabilizarse en una relación al Otro con su diferencia, sus marcas y su historia particular,  para poder  subjetivar su síntoma y darle un sentido. Si  Freud construye la teoria sobre “El sentido de los síntomas”(1) que se  anudan  con el inconsciente,  con  el lazo  social,  en los lazos entre padres e hijos,  en el compromiso y afectos subjetivados, hoy  podemos constatar  que poco sentido le queda. El sinsentido del síntoma nos lleva directamente a  la clínica de los pasajes al acto, los ataques de pánico y los raptos de violencia.

En un artícuo ”Un plus de mélancolie” C. Soler   hablando de las depresiones destaca esta hemoragia de energía y de dinero que colapsa la sociedad y desafia a los políticos de la Salud. La realidad ha cambiado, en efecto  -añade- “.. estandarización y anonimato superyoico de los modos de vida, deterioro de los vinculos sociales, catastrofes mundiales, etc.”(2)

 La depresion no tiene un sentido puesto que no es un síntoma, es un fenómeno de la epoca que representa su estado de ánimo, es la enfermedad del discurso capitalista,  como la llaman algunos. El sujeto deprimido o melancólico es aquel que no acaba de encontrar su lugar en el Otro, porqué no lo tiene  como tal sujeto.  El sujeto padece su orfandad y desamparado y solo  es arrojado a su mala suerte. ¿ A quién encomendarse?  Dónde encontrar algun sentido orientador en lo personal y  en lo colectivo. Más que nunca, aparece el heroe de Kafka,  el nuestro,   extraviado en el sinsentido  y perdido  en la perplejidad  del abandono mas absoluto, dejado de la mano de Dios  y a la merced de  un   capricho,   a veces sadico.

Las pateras no sólo estan en la mar, estan  tambien en tierra.

 “Todo se acumula me dice Bea, en el trabajo me machacan, he roto con mi novio, se fue sin decir nada,  ahora estoy sola y me machaco a mi misma”.  El maltrato se multiplica bajo diferentes rótulos. Hay persecución para todas las edades, gremios y géneros: bullying, mobbing, violencia de genero, etc.etc.

En las quejas que llegan predomina la apatía y la inhibición, o bien las satisfacciones solitarias  de la pulsión, sobre el modelo de la Bulimia. Pocas causas  mueven al deseo, no hay causa  o sentido para el deseo.  Si el deseo es el deseo del Otro,  algo ha fallado en esta circulación que resulta  a menudo mortífera. La circulación entre el sujeto y el Otro esta interferida por los objetos. Los objetos, cuyo consumo reduplica la insatisfacción..

 El duelo por el sujeto toma diferentes formas en la clínica. No sólo se forcluye al sujeto sino tambien a su depresión, exógena generalmente, medicalizada hay que borrarla del mapa, pensar en “positivo”. El que protesta contra el optimismo de rigor está en falta, luego arrastra su culpa de inadaptado y se flagela como el sujeto melancólico.  Eso curiosmente, tiene el efecto contrario,  cuanto más lo silencian más lo extienden, crece el ejercito de depresivos, medicados con fármacos cuya eficacia está garantizada. Todos tienen el derecho  a ser diagnosticados y recetados, pero  carecen del derecho a su dimensión subjetiva, el rasgo se globaliza para integrar un universo coherente y homogéneo.

 Conductismo, o pensar en positivo. Este es un fragmento de un caso en análisis, que aporto para dar cuenta del redoble melancolizante que puede tener un tratamiento conductista  sobre un sujeto melancólico.

 En “Duelo y Melancolía” Freud define : “La melancolía-dice- se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la perdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo”(3)

En su diario  María (así la llamo),  escribe:  este verano   empieza el aislamiento,  se va al coche para estar sola y se mete en la cama,  tiene atracones, engorda  mucho y luego comienzan las restricciones,  se moría de hambre pero no podía comer,  aparece el insomnio con pesadillas y muchos miedos.  Está ausente y no le importan las cosas que antes valoraba.  Pregunta no tiene ninguna,  aunque no entiende nada. Sólo tiene una respuesta:  todo lo hago mal, me lo merezco, quiero morir. Tengo una enfermedad desde siempre, que va a ser para siempre, no tengo remedio. Es una sentencia.

Se produce el primer ingreso en la Unidad  de Trastornos Alimentarios. Es diagnosticada de “Bulimia nerviosa”, con abuso de  laxantes y vómitos. A los pocos días  deja de comer y  pierde mucho peso. Luego, empieza el engorde.

 Lo que María destaca de este primer ingreso  es una necesidad imperiosa : necesitaba hablar y no podía. A los cinco meses del ingreso, cuando se anuncia el alta, hace un intento de suicidio, se toma unas pastillas en el  mismo Hospital. El alta es fulminante. 

Maria  intenta escribir cosas que la atormentan, que  ella piensa pero la terapéuta le dice que piense “en positivo” y que olvide lo malo. María responde : “no puedo decir lo que pienso, no estoy bien,  me veo  horrible, soy un monstruo.” Crece el sentimiento intemporal de haber sido un estorbo,  una molestia  para todo el mundo.

 En la trasferencia con su terapéuta, hasta un ciego lo vería,  ocurre literalmente eso: su relato personal estorba, su indignidad resulta molesta, tiene que callar para encajar en el mandato conductista.  Cada vez se siente peor. Se desespera mucho y se hunde, sin fuerzas para seguir.  La terapeuta  le pide que piense “en positivo”, insiste en eso en su estrategia terapéutica.  Y Maria le contesta :

“No puedo cambiar mi pensamiento, lo que siento realmente, aunque lo oculte. Lo que a mi me preocupa a tí no te interesa en absoluto porque está en el pasado….. mi cabeza no para, tengo ansiedad a tope. Hoy te voy a decir lo que pienso realmente:  es como si me pidieras que siga ocultando mi realidad. Ahora que descubro parte de mi vida no puedo sentirme mal, todo ha de ser  positivo.. Quizas tu necesitas pensar que no me  pasa nada,  que estoy bien y ya está… Si quieres positivo lo tendrás,  pero el interior no lo puedes cambiar ¿para qué estoy aquí si todo  es positivo?”.   Excelente pregunta que cuestiona la totalidad del enfoque conductista.

Inhibida, necesita hablar y le cuesta.  Su empeño es el de ser un sujeto parlante,  viene para eso, poder superar su mutismo y constituirse en sujeto de la palabra que Otro  pueda escuchar y sostener. Me encuentra en este lugar.

En la consulta, María encuentra el lugar donde puede decir su verdad,  lo que nadie soporta escuchar. Puede decirla sin pensar “en positivo” . El error del conductismo es  aberrante puesto que desvirtua la esencia misma del sujeto. La “normalizacion conductual” que se pretende  supone un vaciamiento de los síntomas, o del delirio,  que deja al sujeto mas anonadado todavía en su caida melancólica. El intento de suicidio es la única salida  y un acto del sujeto  que fue silenciado y ati-borrado. La indicación terapéutica consiste en condenarla al silencio.

Como dice Freud ya en 1915: ” la certeza de su indignidad es inamovible como contradecirlo en la cura…. Tanto en lo científico como en lo terapéutico sería infructuoso tratar de oponérsele al enfermo que promueve contra su yo tales querellas. Es que en algún sentido ha de tener razón……. y  luego cita a Hamlet “Dad a cada hombre el trato que se merece, y ¿quién se salvaría de ser azotado?”(4)

Ref. bibliográficas

  1. S. Freud, El sentido de los síntomas. Conferencia 17 (1916) volúmen XVI, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1995.
  1. C. Soler, “Un plus de mélancolie” articulo en Des mélancolies. Editions du Champ lacanien.  Paris 2004.  p. 102.
  1.  
  2. S. Freud, Duelo y Melancolía. (1915) volumen XIV,  Amorrortu Editores, Buenos Aires,  1995.      p. 242.
  1. S. Freud, Duelo y Melancolía (1915) volumen XIV,  Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1995.      p. 244.

Gracias a Antonio Quinet, por la precisión exhaustiva con la que pinta nuestro paisaje actual. Coincido con él en todos los puntos, en lo vigente y lo nuevo. Lo nuevo, tan imprescindible a tener en cuenta para el psicoanálisis.

Si hablamos de Re-conquista, algo hemos perdido y algo ha de cambiar. Entiendo que quizás un nuevo pacto y una Proposición 2021 renovada sería una buena alternativa a las disoluciones históricas.

Como prioridad, entiendo que tendríamos que poner en relieve el psicoanálisis en extensión, o sea, la apertura de la “burbuja” hacia la Polis y hacia el mundo que nos ha tocado vivir. Hacia el diálogo con otros saberes dentro de una dialéctica que nos incluya como un saber más. Nadie está en posesión de la verdad ni del saber absoluto para imponerlo. En otras palabras y nuevamente, psicoanálisis en extensión, para una Escuela abierta y plural.

En cuanto a la alusión lúcida acerca de “una debilidad mental generalizada”, este es nuestro enemigo principal. Las alegrías del consumo indiscriminado, con las nuevas tecnologías, han producido este efecto de cretinización garantizada! Hasta la fecha, solo la Covid  ha puesto un límite al furor del consumo consumidor. Otra consecuencia de lo mismo sería el “ignorodio” -odio con ignorancia-, las dos pasiones que van de la mano y dominan nuestros  goces y afectos. Eso en la coyuntura política catalana ha producido fenómenos dignos de estudio. 

La “raza” hoy puede ser cualquier vecino que piensa diferente y te amenaza con el contagio letal; el otro del espejo y de la agresividad. Muchos escritos de ciberparanoia han inundado  nuestras pantallas. O de paranoia, tout court!

Creo, y siempre lo he creído así, que el psicoanalista debe tomar partido,  para escuchar y para decir lo que sabe, o lo que no sabe; para alentar la dignidad subjetiva, el respeto a las diferencias, para difundir el amor al saber y a la “cultura, lenguas y pensamiento”, y para actuar! 

Con SALUD y saludos para todos.

Esta es una reflexión sobre nuestro paisaje actual, en tanto que terapeutas de la psique.

 A los pocos días de empezar el confinamiento, con unos colegas psicoanalistas, difundimos una oferta de soporte gratuito para quien pudiera necesitarlo. Un oscuro manto había caído sobre nuestra rutina, vínculos y modus vivendi, y era de prever que esa conmoción traumática podía desatar trastornos de todo tipo.

No les voy a hablar de las personas que seguían su análisis empezado previamente; con ellos la continuidad era casi natural, ¡gracias al bendito teléfono!

Me refiero a los nuevos, personas que no conocía para nada y que empezaban a llamar o a escribir por WhatsApp.

Venían sin nombre, con un diagnóstico o varios, y abundaban los trastornos bipolares y límites. Se presentaban con la etiqueta puesta —“soy bipolar”— y con su correspondiente receta.

Un joven de 18 años (actualmente tiene 28) es etiquetado como psicótico tras una decepción amorosa. Le recetan neurolépticos y le explican que tiene un trastorno químico que el fármaco va a subsanar. Lo ve un psicólogo conductista que confirma la opinión del galeno y recomienda pensar en positivo. Se “vuelve loco”, literalmente, según me relata, y decide dejar la medicación. Su odisea continúa, de psiquiatra en psiquiatra, una «anda-dura» de diez años, con recetas de antidepresivos que producen una fuerte dependencia. Cada vez que deja el fármaco, recae. No tiene otros recursos para elaborar sus duelos; no hay acceso a la palabra; enmudece en su confinamiento personal.

Lo que venía ocurriendo desde hace años en nuestro campo de trabajo me golpea con su evidencia, una pesadilla que domina la psicoterapia actual.

Llaman personas —unas quince— que no saben nada de su propia vida subjetiva, su mundo interior; ¡su historia o memoria no existe o está prohibida! No hay permiso para la separación, el duelo, ni para la palabra. Es evidente: son los nuevos seres bioquímicos, bautizados así —diagnostico y farmacopea— por el mandato de la ciencia.

Si esa es la ética de la psiquiatría actual, y lo es, como he podido observar desde mi pequeña parcela, ¡vamos listos! En poco tiempo veremos colas de bipolares, en fila y tragando su pastilla, como la hostia consagrada, y otros poniendo a prueba todo el Vademecum —su salvavidas—.

 Otra observación que me llena de estupor en esa corta investigación son los sujetos que ya no quieren hablar, o no pueden, y solo quieren escribir por WhatsApp. Cuando propongo hablar, lo rechazan con el argumento de la vergüenza o, literalmente, con una incapacidad para hablar. Insisto pero no retrocedo y leo entre líneas las palabras de una lengua perdida. Los errores de ortografía y sintaxis lo delatan.

¿Acaso ha menguado la palabra que nos humaniza y sostiene nuestros vínculos?

La COVID, entre otras cosas, ha revelado lo velado que aparece a cielo abierto, si queremos verlo. Escucharlo será mas difícil. Algunos sujetos se esconde detrás de su pantalla, que les protege del mundo y de sí mismos; han olvidado su nombre, no saben cómo manifestar sus emociones.

Tampoco saben a quién se lo dicen. ¿Quién es el otro que está del otro lado? ¿Será sometido a un juicio superyoico? ¿Será condenado a una etiqueta perpetua con medicación? Se ha perdido, y a veces con razón, la confianza en el otro profesional de la psique. La transferencia hace aguas y reconducirla no resulta fácil, aunque tampoco es imposible. Si llaman, hay demanda y sufrimiento, no saben cómo decirlo ni a quién se dirigen. El reto para mí era cómo disolver la paranoia para plantear un otro tolerante, atento y sin prejuicios, que es lo único que podía garantizar un lazo de continuidad.

Si pierde la novia, se le muere la madre, lo atropella un coche y todo es químico, tendremos que concluir que se nos fue la humanidad al laboratorio, ¡o al carajo!

El supuesto Homo Deus, como le llama Yuval Harari —aunque de “homo” ya le queda poco— es finalmente un esclavo de la ciencia, un pobre diablo que ha perdido su esencia.

 Hace tiempo que empezó la “nueva” normalidad, y no habíamos caído en la cuenta.

Esta traducción del audio, nada literal ni rigurosa (con pequeños añadidos míos)  me ayuda a pensar lo impensable del Trauma. Recomiendo escuchar el audio en italiano. Y ruego disculpen los errores.

El trauma es lo que golpea sin preaviso. ¡Es lo inesperado! Revoluciona nuestro mundo de hábitos y trastoca profundamente la “normalidad” de nuestra rutina. Es un corte contundente,  ¡ya nada es como antes! Esa irrupción imprevista  conmueve nuestra representación de la realidad.

El trauma es lo que no se puede controlar, lo ingobernable, y por ello produce un profundo desconcierto. Es una potencia negativa imposible de ser tratada con nuestros recursos. No hay defensas ni preparación que puedan anticiparlo para amortiguar el golpe. Ninguna defensa nos protege del virus; nos cae encima de improviso y nos ataca, indefensos. No es un peligro localizable en un lugar concreto del cual puedas huir, ¡está en todas partes!  ¿Hacia dónde huir? Este miedo sin objeto genera angustia.

El ejemplo mas paradigmático es el del 11 de septiembre, donde acontece lo inaudito, lo inimaginable y como marca de ello queda en nuestra retina una imagen que se repite, difícil de ser asimilada o de ser elaborada.

Y, sin embargo, este  trauma nos obliga a despertar. Estábamos adormecidos en el sueño de los justos de nuestra rutina. Ese despertar tiene el carácter de una pesadilla,  de un mal sueño  violento y radical que nos despierta sobresaltados, pero nos aporta la posibilidad de una reflexión renovada.

El trauma impone despertar. ¿Cuál era el sueño en el cual estábamos sumidos antes?

Estábamos adormecidos en el sueño del discurso capitalista, del consumo masificado o del mandato neoliberal. Ofertas sin límite de objetos mil que se multiplicaban. Pasolini ya hablaba de la mutación del sujeto en un consumidor. Estábamos en la rueda imparable de la hiperactividad… Esa cabalgata sin límites se paraliza, todo se ha parado, ¡el mundo se ha parado!

Podríamos pensar que eso tenía que ocurrir; la intensidad de esa cabalgata y sus excesos no podían continuar, tenían una muerte anunciada que desemboca en el colapso previsible.

El confinamiento nos ofrece otra dimensión de la existencia: la posibilidad de la meditación y del silencio. Nos obliga a hacer con uno mismo . Antes, la escapada era siempre  hacia afuera, una huida de si mismo.

Ahora el trauma nos despierta de otro sueño: el de esa supuesta “libertad”. ¿La locura hiperactiva era libre?  Una libertad sin ley ni limites, dominio del yo. Se imponía la autoafirmación del “hago lo que yo quiero”, una egolatría dominante que contaminaba nuestros vínculos.

El virus introduce un cambio, impone el pensar de otra forma, la libertad ya no es propiedad propia.

Encerrados en la soledad, experimentamos el sentimiento de privación y hacemos la experiencia de una libertad distinta, más profunda, la que nos acerca al Otro. Es el tiempo de una nueva hermandad, que nos devuelve a la “fraternidad” perdida. De mi aislamiento depende toda la Comunidad. Nadie puede salvarse solo. Y por ende, la libertad sólo puede concebirse dentro de una Comunidad compartida. No se puede practicar la libertad por fuera de una solidaridad comunitaria. Pertenecemos a esta Comunidad gracias a la soledad, que nos revela nuestra esencia de seres profundamente sociales capaces de rebatir el paradigma neoliberal.

La privación de la libertad nos da acceso a una libertad superior, social y solidaria que se opone al “tú sólo con lo tuyo, con tu voluntad puedes conseguirlo todo”.

Este hecho es extraordinario, es el descubrimiento de una libertad compartida. ¡Nadie se puede salvar solo!