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En el Teatre Lliure. A partir de la novela de PHILIPPE CLAUDEL
dirección GUY CASSIERS.
Una fábula sobre el exilio, la soledad y la búsqueda de la identidad. Un monólogo interpretado por Lluís Homar en uno de los montajes del mismo texto del director de la Toneelhuis Guy Cassiers.

Si pueden, no se la pierdan.
¿Cómo dar un giro magistral al horror y a la violencia para engendrar algo de signo contrario: un humano lleno de bondad y amor? Auténtica magia en nuestros días de barbarie. De la masa sin rostro, de las pilas de muertos o exiliados, el autor levanta a uno sólo – al señor Linh- para humanizarlo, arrancándolo de la melée impersonal e indiferente. Cuando las noticias que bombardean cada día nuestra cabeza, hablan de centenares de muertos, miles de exiliados, la obra focaliza a uno sólo, único, con su historia y su memoria. El autor lo eleva a la categoría de persona. Eso se llama salir de la banalidad del Mal, o rehumanizar nuestra condición.
El hombre es una críatura de vínculos y de palabras, sin los cuales seguramente, no podría vivir. Linh, inventa a su amada nieta para cuidarla y encuentra a su amigo en el Parque. Eso salva su vida del anonimato y de la burocracia, son relaciones entrañables que iluminan la obra.
La nieta se llama Sang Diu, extraño eco para nosotros: lo que la sangre dice cuando habla.
Un poco de amor y tan bien dicho, nos conviene como espectadores ya que pone un límite a la barbarie. Le llamaría una obra ética.
Luis Homar, un mago. Gracias.

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La verdad sea dicha, los psicoanalistas contamos poco de nuestra práctica. Las razones son obvias: existe una ética del sagrado secreto profesional y del respeto absoluto a lo que cada uno cuenta en su cura. Sin embargo —y hace tiempo que lo pienso—, creo que hay una ética que nos obliga a decir algo de nuestra práctica, para que esta no quede sepultada en el secreto de las catacumbas y pueda circular algo de nuestro quehacer, para que se sepa cuáles son sus efectos sobre los sujetos que escuchamos y también para aquellos que sufren y callan. También para tratar de decir algo de la locura —que no lo es— del desvarío humano que segrega malestares. Nosotros sí sabemos distinguir estructuras y hacer diagnósticos, pero no trabajamos con etiquetas. El que acude a nuestra consulta es bienvenido para decir lo que lo trae, el sufrimiento que padece, cada uno a su manera.  Tomar la palabra en sí, hablar del dolor, las contradicciones personales y contar la historia personal inspira de por sí un respeto absoluto. Tener el valor de ahondar en los abismos de cada uno es un hecho conmovedor, como suelen ser las historias singulares que escuchamos, cada una a su manera, con sus fantasmas, defensas y estilos personales, y con el deseo de superar las trabas y alcanzar un lugar mas cómodo en la vida. Tomar la palabra tiene un gran valor, sobre todo cuando el “discurso Amo” manda callar, someterse y consumir; tiene el valor del valiente inconformista que sale de la inercia resignada para confrontarse con su malestar y atravesarlo, buscando un cambio y el encuentro con su deseo personal.

“¿Es normal lo que me pasa?” Esta es una pregunta frecuente que delata la presión ambiental y el empuje a la homogeneidad. ¡No hay norma que dicte “lo normal”! Y este es el secreto de la diversidad, de la diferencia radical a la cual cada uno puede aspirar. “¿Es normal lo que me pasa?” Esta pregunta también delata una fractura del ser, la aparición de un sufrimiento que no estaba antes y que aparece con mayor fuerza y motiva la consulta.

Voy a intentar, de vez en cuando, transmitir fragmentos del discurso de personas que he escuchado. Por ejemplo, el caso de una mujer joven que me cuenta, llorando, hace meses que llora “sin motivo”. Llora desconsoladamente, en el trabajo o en su casa, y es presa de unos ataques de llanto que no puede referir a nada. Un médico le dice que quizás se deba a que bebe demasiada agua (no es broma);  otro, le recomienda ir al oculista. ¡Así son las cosas! En las entrevistas conmigo aparece su soledad infantil, como un boquete, y me cuenta que nunca fue motivo de queja. El niño recibe el sentido de su llanto del otro, de allí recibe su sentido. En la cura, poder dar sentido a su llanto, a su dolor de existir, produce un alivio. Cuando habla de sus vínculos y de su historia, las lágrimas dejan de ser una secreción orgánica para devenir una categoría subjetiva; encuentra las palabras que dicen su tristeza y su desamparo.

Para un psicoanalista, lo preocupante es que no haya síntomas. Uno se pone a temblar cuando escucha que al sujeto nunca le pasó nada o que “no le ha faltado nada”.

El pronóstico de la Organización Mundial de la Salud nos advierte: “Se espera que los trastornos depresivos, en la actualidad responsables de la cuarta causa de muerte y discapacidad a escala mundial, ocupen el segundo lugar, después de las cardiopatias,  en el 2020”.

Recuerdo que eso empezó hace unos treinta años, aproximadamente, algo más. Estaba trabajando en un servicio público,  y empezaba a percatarme de que se multiplicaban los diagnósticos de “depresión”, que de este modo se convertía en un cajón de sastre. Esto implicaba que estábamos obligados a estar muy alertas con respecto al diagnóstico, para poder discriminar el sufrimiento particular de cada uno.

La  paradoja que delata este ejército de deprimidos,  como patología principal de nuestro tiempo,  viene a decir lo mismo, hay un malestar creciente de muchos sujetos que sufren  una especie de duelo interminable,   abandonados a su suerte,  o  a sus fármacos,   y a su silencio en soledad. Hay sujetos que no acaban de estabilizarse en una relación al otro con su diferencia y sus marcas,  para poder  tratar su síntoma y situarlo en su historia particular.

¿Cómo entender y tratar este flagelo de nuestro tiempo marcado por una tristeza  tan especial y paradójica. ¿A quién encomendarse?

El psicoanálisis no es una terapia como las demás. Es una terapia por la palabra, sí,  cura! Y se preocupa por el dolor del síntoma, pero a la vez apuesta mas allá de eso, apuesta por una transformación subjetiva. Las personas que llegan a la consulta con su dolor  a cuestas, en su mayoría mejoran en un tiempo breve, prosiguen su tratamiento para ir más allá del alivio sintomático y alcanzar un cambio duradero.

No podemos hablar en plural de “curas”, son una por una, cada una tiene su singularidad.

 El analista vela por la cura pero no la dirige, no le dice al paciente lo que tiene que ser o que hacer. Si el sujeto se constituye y esta alienado en el campo de los demás, en su terapia,  la persona se libera de las presiones del Otro, esta libre para escoger su camino, esta vez sí! No es una cura universal, para todos por igual. Es un proceso particular, a la medida de la historia personal de cada uno.

Una paciente que lleva tiempo en terapia, la define como un renacimiento, salir de las tumbas. Para algunos es así, librarse de la pulsión de muerte y de los estragos de vida. Otra persona se despedía hace poco diciendo que por primera vez había entendido algo: ha sacado a la luz lo que tenía como una masa de confusión.

El discurso dominante se vuelve  a veces contra el mismo sujeto,  lo releva de todas las responsabilidades de su propia vida. Pero lo condena al silencio.              El psicoanálisis no es una psicoterapia como las demás.Se distingue entre otras cosas, por la extensa formación del psicoanalista que consiste en su análisis personal,  su formación teórica y en la supervisión de sus casos. Todo ello supone un proceso largo, serio y riguroso; única garantía de nuestra práctica.

Para algunas terapias el sujeto no existe. No hay historia, no hay memoria que sitúe al sujeto en sus vínculos y en sus coordenadas simbólicas. ¿Cuál es su inscripción? Ninguna. Se actúa sobre un sujeto anónimo, sobre su cuerpo, que deviene un saco que se llena, o se vacía. Reducir a los pacientes a una ecuación biológica y tratarlos como tales equivale a decapitarlos, literalmente.

Los psicoanalistas no pensamos en términos de “epidemia”, por el contrario, tratamos a cada sujeto, uno por uno, para darle un lugar propio y devolverle la palabra y un lugar más cómodo en su vida y en sus relaciones.

Promesa al alba,  es el nombre de una película franco-belga del 2017 de género drama y biográfica, escrita y dirigida por Éric Barbier. Es la adaptación de la novela autobiográfica de Romain Gary.

El sentimiento inequívoco al abandonar la Sala era de horror! Una madre que devora a su hijo. El Tótem mas grande de todos los tiempos es la madre. Una madre, en esta caso, devoradora y delirante en sus mandatos y exigencias de ideales imposibles.  El niño Romain está atrapado en el delirio materno que comparte, el tendrá que ser lo que ella impone, un gran, gran, héroe, escritor, etc. Ella sacrifica su vida por el y a la vez construye una deuda impagable.

Ella le da la vida, sin darle el permiso para vivirla. La madre que le da el Todo y exige lo mismo, o sea lo imposible. No hay nada ni nadie que pueda metaforizar este goce desenfrenado. Cualquier intento de librarse de esta devoración –madre crocodilo- es fallida. La separación es imposible. Hasta que la muerte nos separe,  y mas allá también. Romain Gary se suicida para poner fin a su vida atormentada. El es el reflejo de la mirada materna, no hay otra opción para su deseo propio, luego, se dedica a cumplir con los deseos de ella, o con el goce materno.  El oráculo materno es realizado por el hijo que cumple el destino para el cual ha sido programado. El deviene Grande, héroe de la guerra, Legion d’Honneur,  y grande de la literatura francesa, dos veces premio Goncourt!

No falta nada en este amor totalitario, salvo la falta. Ella es Tótem en cuanto es toda Madre, ningún deseo por fuera de su hijo. Una madre suficientemente buena es aquella que sabe ser también mujer, dirá Lacan, la que sabe dar también su ausencia, o lo que no tiene.

El apellido materno que lleva el hijo (Gary es un seudónimo) es Kacew, que en hebreo significa carnicero. Este es el Nombre de la Madre y el destino de su hijo, su carnaza.

 

 

 

 

La verdad nunca es toda, ni es de ninguno, se va construyendo  y desconstruyendo a lo largo de la historia, a través de los mitos que se  transmiten de una civilización a otra, para dar cuenta de la condición humana y de sus avatares.

Posiblemente, Guilgamesh  y sus relatos épicos fue uno de los primeros  escritos encontrados….yacen todavía secretos ocultos  en nuestra tierra que no los suelta.

 

Broggi, director de la obra,   ha sabido captar lo intemporal, siempre vigente, de nuestro mito fundacional. La lucha con la bestia que nos habita y con la otra,  y la lucha con la muerte.

El hombre – y eso sí que es cuestión de género –  el más poderoso,  nace inmortal,  a imagen y semejanza de los Dioses.

Guilgamesh, no ha podido ser menos que este Ideal sublime de  prepotencia que alcanza el poder divino. Los Dioses son inmortales por el mismo deseo del hombre, pero la condición humana apunta a la caducidad inexorable, a la muerte.

Guilgamesh hace este viaje, el recorrido de la obra: del todo a la nada, y recibe esta dolorosa lección con la muerte de su amigo, Enkidu,  fortaleza encarnada que puede vencer la bestia para devenir hombre. Toda una vida de luchas, guerras, derrotas y  algún triunfo. Para finalmente, lograr una aceptación de la condición humana, siempre en falta, para los mas grandes también. ¡Todos mortales!

Entendemos que actualmente existe una necesidad apremiante, quizás mas que ayer, de ofrecer y escuchar otros discursos, de hablar entre nosotros, para recibir y transmitir nuevos recursos y expectativas capaces de apuntalar nuestro colectivo, que se encuentra en apuros.

Queremos abrir las puertas a una reflexión conjunta que nos permita la construcción de nuevos asideros simbólicos que puedan sostener las mutaciones políticas, sociales y subjetivas en curso. Podría ser la manera de buscar alternativas de vida para aquellos que, frente a la situación actual, se encuentran perplejos: aquellos jóvenes tan bien “pre-parados”, así como adolescentes extraviados, o adultos sin rumbo que luchan contra una identidad de consumidores-consumidos dentro de un sistema que los ignora. Todo ello con el fin de buscar salidas a los impases que nos acechan y para encauzar un trabajo crítico en común.

Contamos contigo y con nuestros invitados para dar cuenta de nuestro compromiso en este Malestar y para intentar rescatar una nueva dimensión de valores solidarios que puedan sostener las diferencias que nos humanizan.  

La autodeterminación como apuesta, en lo subjetivo y colectivo.

Para nuestro primer encuentro proponemos centrarnos en este primer capítulo.El derecho a la autodeterminación no se juega solamente en la política, se juega también en la educación y en una concepción determinada del sujeto humano, aquel que debe ser capaz de tomar decisiones en algún momento de su vida para orientarla en función de su deseo. Asimismo, el sujeto con su falta radical, pone un límite al empuje universal de la ciencia, hay un real que se resiste a leyes que se empeñan en restaurar el Todo. Muchos de los síntomas actuales se pueden entender con esa óptica. Si el “todo es posible” estamos cerca del delirio y así afloran los síntomas que lo cuestionan.

En lo colectivo se plantea una disyuntiva entre una sociedad totalitaria o una sociedad de las diferencias, de su tolerancia; en esa lucha se juega fundamentalmente nuestra convivencia presente y futura.   El capitalismo, con sus distintas caras, amenaza nuestros vínculos y siembra el sinsentido y la depresión, enfermedades frecuentes en nuestro paisaje actual.                                    El  discurso capitalista no se ocupa del vínculo —todo lo contrario—, ofrece mil objetos para interferirlo. Sumido en su soledad, el sujeto navega a la deriva, en busca de algún sentido orientador. 

Hemos pensado que este primer encuentro podría ser un “torbellino” de ideas e intercambios, con presentaciones breves, desde lugares y saberes distintos.

 

Con la participación de:

Xavier Bassas, filósofo

Daniel Gasol, investigador y artista.

Josep Moya, psiquiatra, psicoanalista

Coordinación: Daniela Aparicio, psicóloga, psicoanalista.

Espai Freud.

 

 

 

 

Hace un tiempo ya que este periodista intrépido, Jordi Évole, nos abre las puertas cerradas de un universo que se resistía a la divulgación y al deseo de saber. Por eso lo hemos seguido, casi incondicionalmente. Esta vez no. ¡Toca decir basta! No todo es posible.

El tratamiento superficial  que hizo en su último programa Salvados, de gran audiencia, es como mínimo deprimente y puede tener efectos colaterales muy graves. Me refiero al programa del domingo 28 de Enero, emitido en la Sexta sobre la depresión (y que se puede ver aquí):

Estoy en desacuerdo con su tratamiento y sospecho que muchos colegas psicólogos clínicos y psicoanalistas coinciden conmigo. Las razones de mi indignación son varias:

-La falta de información adecuada y asesoramiento a la hora de tocar un terreno tan complejo y delicado como la intimidad y el sufrimiento personal.

-Nuestra ética no nos permite exhibirlo todo, aunque el exhibicionismo desvergonzado campe a sus anchas.

-Tratar la depresión como una “enfermedad”, y amenazar con una presente y futura epidemia, hablar del suicidio como estadística, todo ello basado en estadísticas pseudocientíficas que lo justifican todo, supone una banalización muy grave de la problemática,  que  puede contribuir al contagio y multiplicar los afectados.

–La cura de la depresión no puede ser fundamentalmente la hipermedicalización y la adicción organizada a varios fármacos, que se multiplican con la dependencia, y que van desde el Prozac hasta las nuevas generaciones de antidepresivos. Si a eso le añadimos el electroshock y la lobotomía, ¡apaga y vámonos! Todo ello obedece a una concepción superficial y banalizadora del sujeto humano, entendido como un todo homogéneo, sin faltas ni diferencias, y todos a tragar la misma pastilla y a engrosar los casilleros diagnósticos.

-La psicoterapia se enuncia muy de pasada y se dice que no puede responder a la problemática debido a la escasez de psicólogos. ¡Consulten por favor las cifras de psicólogos en el paro para corregir su información!

Lo siento, señor Évole, mas de cuarenta años de práctica clínica me han enseñado cosas muy distintas a las que propone usted en su programa. El psicoanalista confrontado con el dolor de existir orienta la cura con su ética, que es la que abre para cada sujeto un acceso particular a su diferencia y a su deseo.

Para algunas terapias el sujeto no existe. Existe el mandato del “traga y calla”. No hay historia, no hay memoria que sitúe al sujeto en sus vínculos y en sus coordenadas simbólicas. ¿Cuál es su inscripción? Ninguna. Se actúa sobre un sujeto anónimo, sobre su cuerpo, que deviene un saco que se llena, o se vacía. Reducir a los pacientes a una ecuación biológica y tratarlos como tales equivale a decapitarlos, literalmente.

Los psicoanalistas no pensamos en términos de “epidemia”, por el contrario, tratamos a cada sujeto uno por uno para darle un lugar propio y devolverle la palabra.

La depresión ha existido siempre. De hecho, en mayor o menor medida la depresión existe en todos los pacientes que vemos; es el síntoma mas frecuente.

¿Cuál es su rasgo diferencial actual y cómo actualizarla?

Podemos decir que las depresiones dan cuenta de esta cara oscura de nuestra intimidad contemporánea, cuya otra cara es el ideal del éxito y de la obligada felicidad-para-todos. Es la enfermedad del discurso capitalista, como la llaman algunos, que denuncia sus efectos sobre el sujeto actual.

Recuerdo que eso empezó hace unos treinta años, aproximadamente. Estaba en un servicio público y empezaba a percatarme de que se multiplicaban los diagnósticos de “depresión”, que de este modo se convertía en un cajón de sastre. Esto implicaba que estábamos obligados a estar muy alertas con respecto al diagnóstico, para poder discriminar. Tres eran las causas fundamentales que se barajaban en este fenómeno:

1- El boom de los antidepresivos. Para muchos, el antidepresivo, o algún ansiolítico, se han convertido hoy en algo parecido a un complemento vitamínico.

2- Se imponían los manuales de diagnostico (DSM-III, etc.). Todo se aplanaba y se banalizaba.

3- “De-presión”, o la presión que se imponía como modo de vida. Así, nos deprimíamos todos un poco, ante la pesadumbre del mundo que nos ha tocado vivir.

Algunos tiraban la toalla. He visto y veo personas que llegan hoy con la etiqueta de “depresión crónica”, cronificada por muchos años de medicalización. Llegan con el pronóstico “abandonad todo esperanza” y sin embargo, vienen. Una paciente joven me contaba que para ella la depresión era como la diabetes: ella y su fármaco, de por vida. Otra persona mayor me decía hace poco que estaba enterrada viva… Muchos años de silencio y de fármacos solo tienen una salida: la cronificación. Cuando eso es concebido así, cuando una madre o un médico contemplan la cuestión como un “traga y calla”, no duden que allí está la clave de su patología, de su gravedad y cronificación, puesto que atenta contra la esencia misma del ser hablante. Atenta contra la subjetividad.

Hemos llegado a cotas de ignorancia deprimentes que nos anuncian una epidemia masificada de estupidez muy preocupante. Esta sí que no tiene cura y es un insulto a la inteligencia.

 

Daniela Aparicio, psicóloga clínica, psicoanalista.

 

 

 

El derecho a la autodeterminación no excluye el deber de la autodeterminación, la de cada cual, o sea, ¡la tolerancia de la diferencia!

¿Cómo podría ser de otro modo?

Creo profundamente en una Cataluña catalana, en su gente y en su saber hacer con las diferencias, con un pluralismo respetuoso. Ha sido siempre tierra de todos, tierra de acogidas y tolerancia, a veces incluso excesiva… Pero esa es su auténtica identidad, la aceptación y construcción de un mundo plural que rechaza la identidad absoluta, la que no existe.

La derecha, sus representantes políticos, no son mis interlocutores ni lo serán nunca. Y eso que resulta tan obvio se pierde a veces en la melée maniqueísta. O blanc o negre. Lo siento, queridos amigos, pero las cosas de la convivencia no van así, siempre hay que pactar con el otro, aunque eso nos la repatee.

Esta ha sido la excepcional historia de Cataluña, que ha podido demostrar su diferencia con su gran trabajo, su creatividad infinita en todos los campos a pesar de todos los pesares. A pesar de sus gobernantes estatales y también los locales, no podemos olvidarlo.

Quizás ha llegado el momento de decir BASTA, lo puedo entender, y lo respeto también, como he hecho siempre con la lucha por el cambio, siempre y cuando sea una apuesta ética por una mayor justicia social. Eso último, la justicia social, es y ha sido para mí la mayor apuesta, el fundamento que sostiene nuestro Contrato Social.

Solamente esas palabras para insistir en pro del derecho de autodeterminación, que nunca será unívoca y con la cual tendremos que convivir todos, antes, mientras y después; lo que muchos catalanes saben y han hecho, con la fuerza de las palabras, de los hechos y del trabajo; esa es su identidad, ¡inconfundible!

Amigos, una cosa por encima de todas, esencial para mí y para muchos: no soporto la idea de mártires, muertos caídos por una causa que se puede debatir hablando.

Eso, en el caso de producirse, sería irreversible, este es mi temor personal, insoportable…

Mientras debatimos con acuerdos y desacuerdos, somos un colectivo con una dialéctica posible. La violencia traumática, las victimas, serían una auténtica fractura en ese empeño colectivo de hacer país. Podemos evitarlo.

Cuando escucho la barbarie  del «¡a por ellos!», que somos todos nosotros, me produce un sentimiento déjà vu difícil de expresar. Retornan los fantasmas más traumáticos de antaño. ¿Cómo detenerlos?

Solo la negociación y el diálogo son la respuesta, sabiendo que siempre hay que perder algo de un lado y del otro, para ganar otra cosa.

 

Me pregunta un joven periodista:

“desde el punto de vista de una psicóloga, ¿por qué las cenas de empresa son tan dadas al exceso en todos los aspectos: comida, bebida, incluso comportamientos y devanéos sexuales?
Qué consejo nos darías para no acabar peleándote con alguien o encamándote con alguien que no querrías en una cena de este tipo? Alejarnos del vino? Huida a la francesa?” 

Le contesto:

Soy psicoanalista, eso cambia radicalmente la posición de algunos psicólogos conductistas que se empeñan en dar falsas recetas y conciliarlo todo.

Te voy a enviar una reflexión general acerca de tus preguntas.

La Navidad es una tregua, en una rutina para muchos, tediosa y engorrosa como lo dictan los mandatos capitalistas del trabajo, consumo y sometimiento.

 Nuestro consumidor-consumido se desmelena  por un día, o dos noches, y sueña con una  Felicidad (falicidad) posible, aunque  transitoria. Por un momento breve,  parece que todo esta permitido y que todo es posible y el alcohol viene a potenciar esta creencia delirante.

 Todo el mundo sabe que los Reyes Magos no existen y sin embargo todos se empeñan en repetir la historia. Nuestros sueños son ilusorios, o ilusos, habrá que despertar.  

La Navidad,  como felicidad obligatoria y como imperativo de paz,  no hace mas que acentuar y  agravar la escisión de un mundo que va a la deriva. Como olvidar Aleppo, las pateras, el paro, la pobreza,  guerras, atentados y tantas otras plagas.  Solo la bacanal de las comilonas y borracheras puede ser una respuesta, una “tregua” en el desvarío general.

La única receta para los excesos humanos es conocerlos, no hay otra.  Saber que hay un mal que nos habita y que las pulsiones se desatan cuando el control cede.

Otra receta, es saber que a los máximos excesos de opulencia, grandilocuencia y estupidez, solo les espera la caída. Consume alcohol y todo lo que se vende en nuestros mercados que luego acabaras engrosando el ejército de depresivos…. que consume antidepresivos.

Y sin embargo, hay cambios posibles con una vida regida por una ética renovada que se solidariza con el prójimo desamparado. Vamos a apostar por eso. 

Daniela Aparicio, psicoanalista

Daniela Aparicio. Blog

 Breve comentario acerca de las conclusiones.

 

           Me parece lamentable concluir unas Jornadas laboriosas sin hablar del sufrimiento, del sufrimiento subjetivo, la otra cara siniestra del placer, o mejor dicho de un goce que es pulsión de muerte. Las drogas son una moneda de doble cara, no podemos olvidarlo.  Largos años de trabajo en la Clínica me han confirmado lo que digo. Hace unos treinta años, aproximadamente, recuerdo que empezaban a llegar, destrozados, trabajaba entonces en la Pública. La alegría gay había concluido, aparecía el sida con sus estragos. Morían como moscas. Recuerdo con afecto a uno de ellos llegado de NY, tuve que acompañarlo hasta su lecho de muerte. Descanse en paz. Y tantos otros, sin poder edificarse una vida, sin fundamentos.
Deseo creer que vuestro mensaje conclusivo no es una apología, banalización y fomento del consumo, todo ello encubierto por el canto a una supuesta libe
rtad…

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