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Escuchado hoy en la radio: “En 2019, 441 fallecidos, los suicidios en Cataluña suman el doble que los muertos en carretera”. Leído en la prensa, el mismo día, 10 de septiembre, 2021: “El Departament de Salut de Catalunya presenta el Plan de Prevención de Suicidios 2021-2025 (PLAPRESC) para reducir los casos y estigma social. El objetivo del Govern es reducir en 2030 la tasa de tentativas y muertes por suicidio en más de un 15% y en más de un 20% en los grupos prioritarios, así como reducir el estigma social mediante actuaciones de tipo comunitario”.

Sí, estimados lectores, ¿qué pasa cuando la muerte deviene un número o una mera estadística? ¿Cómo entender y tratar este flagelo de nuestro tiempo marcado por una tristeza tan profunda y paradójica? Con la mejor buena fe del mundo, se elaboran programas de ayuda social y prevención colectiva. Este podría ser un interrogante candente del suicidio, ¡una globalización de la cuestión! El suicidio debería tratarse uno por uno, cada sujeto en la particularidad de su historia y sufrimiento.

Conozco casos de adolescentes y adultos, que tenían la convicción de que su vida ya no tenía ningún sentido, tanto para él como para ella, ni para sus allegados.

Me contaba hace poco una persona joven que se metió en el mar para terminar con su vida y que, mientras nadaba, una voz sutil le susurraba “nada, nada”. La confrontación con la “nada”, o la nadificación del ser, es frecuente para algunos que han perdido su deseo de vida y padecen la indiferencia de su entorno. Cuando el sentido de una existencia deviene un número, se ha perdido la dimensión del sujeto singular, que se ve reducido al número, como aquel que solían tatuarle en el brazo en aquella contabilidad mortífera.

Hoy tenemos un ejército de deprimidos. Ellos y ellas son el testimonio de la cara oscura, o el síntoma de nuestra sociedad contemporánea, cuya otra cara es el ideal fallido del éxito y de la obligada felicidad-para-todos.

El sujeto deprimido o melancólico es aquel que no acaba de encontrar su lugar en los vínculos sociales, y así padece su desgana, orfandad y desamparo; dejado de la mano de Dios.

La paradoja que delata este ejército de deprimidos, como patología principal de nuestro tiempo, viene a decir lo mismo: que existe un malestar creciente de muchos sujetos que sufren una especie de duelo interminable, abandonados a su suerte, o a sus fármacos y a su silencio en SOLEDAD. Hay sujetos que no acaban de estabilizarse en una relación con respecto al otro, con su diferencia y sus marcas, para poder tratar su síntoma y situarlo en su historia particular. Esas son a menudo las condiciones para la elección del suicidio.

Sí, están las terapias, pero para algunas el sujeto no existe. Existe el mandato del “traga y calla”. No hay historia, no hay memoria que sitúe al sujeto en sus vínculos y en sus coordenadas simbólicas. ¿Cuál es su inscripción? Ninguna. Se actúa sobre un sujeto anónimo, sobre su cuerpo, que deviene un saco que se llena o se vacía. Reducir a los pacientes a una ecuación biológica y tratarlos como tales equivale a decapitarlos, literalmente.

Los psicoanalistas no pensamos en términos de “epidemia”; por el contrario, tratamos a cada sujeto individualmente para darle un lugar propio y devolverle la palabra, que es su plus de vida. El sujeto ignorado se muere o se mata.

Quitarse la vida ha sido un acto oculto e incluso vergonzante, generalmente disfrazado en las estadísticas, escondido bajo nuestra tupida alfombra. También podía ser contagioso, ¿quién no ha pensado en el suicidio en algún momento de su vida, cuando el tedio vital apremia? Afortunadamente están con vida para contarlo.

Albert Camus decía: “El único acto importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos”. Profunda reflexión que acentúa el deseo propio y la libre elección de la vida. Desde Sócrates en adelante y antes también, hay magníficos testimonios de ello.

Solamente puedo decir que he tratado a personas con intentos de suicidio que han aprendido a amar la vida, con sus sinsabores. No puedo ofrecer un diagnóstico porque cada historia es particular e intransferible. Hagamos el camino inverso, del universal de las estadísticas al particular de cada uno.

Quitarse la vida sigue siendo un doloroso enigma que subvierte nuestra existencia y cuestiona nuestros fundamentos. Asimismo, es una acusación para los que se quedan, puesto que nos obliga a repensar y reconducir nuestros vínculos, ¡para que lo sean!

El suicidio implica al otro como la misma vida; la alteridad es parte de nosotros a vida y muerte, y es por eso que nos sentimos obligados a poner todos nuestros recursos en ello, los más idóneos.

Cuerpoenpalabras, en TikTok.

No estoy en contra de las imágenes, solo en contra de las que pretenden e imponen un cuerpo ideal inexistente, esas tienen una influencia nefasta sobre sus seguidoras, las que lo intentan copiar, para alcanzar este ideal imposible. Algunas enferman gravemente con esta obsesión.

Tu identidad no es solo una imagen. Tu cuerpo es tuyo, a tu manera, y tiene su belleza personal e intransferible. ¿Verdad que no te gustaría que nuestro planeta devenga un ejército de Barbies, todas iguales cortadas por el mismo patrón? No queremos imágenes ficticias y vacías, queremos personas. Personas valiosas, y de este modo preciosas, cada una con su diferencia y su rasgo personal. Un mundo regido por las diferencias y su tolerancia, en el cual podamos caber todos.

Hemos abierto este espacio en TikTok. Se llama “cuerpoenpalabras”. Dirigido a jóvenes, pretende ser el contrapunto del mainstream y hacer pensar, más que actuar con y sobre el cuerpo. Por favor difunde, así nos ayudamos todos. Es anónimo.

Miguel Bosé no es un negacionista, es un paranoico. Este es su diagnóstico y también su delirio.

La paranoia es un delirio persecutorio donde  el sujeto se siente perseguido por unos poderes malignos que pretenden aniquilarlo. Para no entrar en detalles psicopatológicos, solo diré que hay dos rasgos que definen este diagnóstico: la certeza y la inocencia. 

El señor Bosé tiene una certeza absoluta —inquebrantable— de lo que enuncia; no miente. Él está en posesión de la Verdad, sin lugar a dudas. Tiene la certeza de que existe una conspiración del sistema que lo tiene atrapado y condenado.

La inocencia es otro rasgo del paranoico. El inocente no participa de ninguna manera en lo que padece; el culpable es siempre el Otro.

Sí, amigos, al ser un delirio urdido con el “Sistema”, le da una cierta credibilidad y deviene algo mas complejo que el delirio de “los marcianos”.

Creo, y casi tengo la certeza, que la participación de un psicoanalista en algunos debates podría aclarar, asesorar y situar las cosas donde les corresponde estar. Tomen nota.

Si no, nos quedamos con el bla bla bla de los periodistas o los  científicos de turno, que no acaban de entender las complejidades de nuestra mente.

¡Ojo! Tampoco diría que todos los negacionistas cojean del mismo pie; los hay de diferentes estirpes.

Pero, tranquilos, nadie en su sano juicio está en posesión de la verdad absoluta, salvo algunos extraviados que la creen a pies juntillas.

Daniela Aparicio, psicoanalista.

El 23-F sube a escena en el Teatre Lliure.

Àlex Rigola dirige la adaptación del libro de Javier Cercas sobre el fallido golpe de Estado de 1981. Reparto formado por Pep Cruz, Enric Auquer, Xavi Saéz y Roser Vilajosana.

Un auténtico thriller político de nuestra actualidad real, donde se juegan a los dados nuestra democracia y su destino. Una España de pandereta, trágica y cómica a la vez, gobernada por un Rey de pacotilla. Esperpéntica, este es su rasgo de identidad. ¡Excelente, no se lo pierdan!

El capote (en ruso: Шинель, Shinel) es un cuento de Nikolái Gógol escrito entre 1839 y 1841, y publicado en 1842.

Un grupo de lectura me ha inspirado esta reflexión.

Retrato entrañable de un ser inexistente. Como tantos y tantos, hoy y antaño, que han pasado sin dejar huella. Solo existe, gracias a Gogol, para dar cuenta de la miseria infinita, personal y colectiva, la miseria incurable, la lacra de nuestro mundo.

Akaki Akákievich, solo tiene algo, tiene muchas kas en su nombre y apellido, significante de mucho peso.

Por lo demás, no tiene nada. K.  representa el viejo capote, encarnación y metáfora de la pobreza. El es el viejo capote cuya muerte está anunciada. No hay capote que valga para un pobre, no ha nacido para ello. Solo ha nacido para arrastrar su miseria y su inexistencia en el mundo que le ha tocado vivir, este es su destino!

Una tristeza infinita invade el lector y lo acompaña en ese recorrido de palabras que dignifican al ser. La dignidad máxima es alcanzada post mortem, cuando nuestro héroe toma cuerpo, por fin está vivo y reclama lo que le pertenece, se rebela ya muerto, contra un mundo injusto y cruel. ¡Magistral! Obra de un escritor magistral que opera un milagro con su escritura: eleva a nuestro deshecho- objeto del poder ciego-  y  le otorga la máxima categoría humana de un sujeto singular, y único.

Y como música de fondo la canción de Brassens : “pauvre Martin pauvre misère, creuse la terre creuse le temps”.

Lo dice Bergman en su película: «Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado».

Un fantasma conocido recorre Europa y se ha instalado también en Cataluña. No sé por qué los llaman neonazis, cuando son los de siempre. La mancha de Vox ya está aquí, con su antisemitismo, chovinismo, tiranía y deshumanización. Están en nuestra casa con sus 11 escaños. Son la cuarta fuerza política, un SORPASSO A LA DEMOCRACIA. Resuena la voz que acosa nuevamente el contubernio comunista judeo-masónico.

Es hora de despertar ante ese histórico fenómeno catalán, ¡el más  relevante de nuestras elecciones! Cataluña ha dado voz y voto a VOX, y eso no se  puede ignorar ni podemos hacer la vista gorda. Una mancha negra se extiende sobre la democracia catalana y la tiñe de lo imborrable, o de lo peor. Toca despertar cuando aparece la cara más oscura de nuestra historia, la del fascismo europeo y de la dictadura franquista. No banalicemos el mal que nos puede devorar. 

Y parece que nadie quiere ver ni saber,  a pesar de que nos golpea en plena cara -esa otra cara de la moneda catalana-. La utopía se encuentra con la distopia. El Parlament català no volverá a ser lo que fue, a menos que arranque ese huevo de la serpiente que ha salido de sus entrañas.

Catalunya del meu cor.

Sí, son tiempos de violencia descarnada. Sí, sin duda, hubieron otros tiempos de horror —Los Campos—, cuánto dolor encharcado, herencia a veces incurable para generaciones. Hoy la violencia es diferente, es obra de un mal maligno y desconocido, es la incertidumbre de una nueva provisionalidad que cala en nuestros huesos. Un «yo qué hago», «adónde voy», «cómo viviré», o «cómo moriré»…

Hace meses que escucho a personas asustadas; el miedo ha calado muy hondo para algunos. Sin duda con una razón de peso incuestionable: una pandemia asesina, donde se juega todo a vida o muerte, a cara o cruz.

Y, sin embargo, es por ello que te escribo: el miedo sistemático corroe y mata en vida. El miedo mata nuestros anhelos, proyectos y nuestras ganas de vivir. El miedo aniquila tu vida, la que tú todavía determinas. Eso no quiere decir que haya que silenciarlo: todo lo contrario, expresa tu miedo para reducirlo —a un amigo, vecino, o terapeuta—, no lo conviertas en tu armadura, que puede cronificarse. No te quedes callado y resignado esperando lo inefable. Habla de tus miedos pero no los petrifiques, tu vida es lo más importante. Expresa tu miedo para reducirlo y darle vida a tu vida. ¡Vive mientras tengas vida! Este es el Mandato y un deseo. Ahora podríamos entenderlo como un mandamiento primordial, que eleva la vida a la primera categoría y prioridad, como lo ha sido siempre.

Sí, vive al día, y al minuto, como si fuera el último. Y si la muerte te atrapa, será viviendo y con las botas puestas. Lo que algunos olvidan es que el deseo de vida es el mejor remedio contra cualquier enfermedad. He visto personas que han estado años luchando contra enfermedades graves y han ganado terreno, mientras que otros se han rendido. ¿Deseaban otra cosa?

Siéntate y para de cavilar, el proyecto es aquí y ahora, en PRESENTE. Eso me digo a mí misma: piensa con calma, el presente es tu vida, no lo derroches. Haz lo que siempre has deseado hacer, sin postergarlo sine die.

Piensa, o escribe, o cuéntaselo a él o a ella. Dímelo a mí, si quieres, eres bienvenid@. Nuestro confinamiento debe ser un acercamiento al Otro, y entre nosotros, no hay otra vía para la supervivencia. Incluso puede ser una suerte de afecto renovado, que sublima el malestar que late a veces dentro y entre nosotros. Hoy nadie se salva solo y, si muere en soledad, menuda tristeza. No hablo del amor bobo, ni de la misericordia cristiana. Hablo de un afecto que fluye entre nosotros y nos calienta el alma. Ya no estás solo, o sola, ¡acércate!                                     Sé prudente, por favor, pero no cedas al miedo. Sé valiente, ¡todos nos jugamos lo mismo!

No sé qué más decirme y deciros para sobrellevar esto que nos ha tocado vivir. ¡Vívelo con valor, aunque sea tu última experiencia.  

Amigos, acabo de escuchar, en un canal de TV, una voz que reclamaba: “¡una vacuna contra la depresión!”   Y me pregunto, ¿y una vacuna contra lo humano? Llegará, no se preocupen, será proporcional a la estupidez humana, que, esa sí, no para de crecer y de multiplicarse; muchos son los testimonios que lo ratifican.

El materialismo y un desconocimiento de la ciencia -el pensamiento mágico- han logrado este efecto destructivo. Lo que no se ve no existe y, cuando despunta, hay que eliminarlo.

Asistimos pues a una eliminación sistemática de los síntomas que dan cuenta de nuestra subjetividad, de nuestros vínculos, o de nuestras palabras, cuando dicen nuestro dolor de existir. Eso último solo requiere una escucha cercana, alguien que de fe de mi existencia y acuse recibo de mi demanda desesperada. Eso alivia y alienta, eso nos humaniza. Y si no, ¿qué sería de este sujeto extraviado que deambula solo por un mundo desertizado, dejado de la mano de Dios y del hombre?

Todo el mundo se pregunta qué va a pasar, pero eso ya está pasando. Se ha instalado la civilización del Selfie. Cada uno con su móvil comunicado con mil otros, pero sin ninguno, o sea solo, con su goce y su tristeza a cuestas, ¡callado!

En tanto psicoanalistas, tratamos a cada sujeto uno por uno, para darle un lugar propio y devolverle su palabra propia. La depresión ha existido desde siempre. De hecho, en mayor o menor medida la depresión existe en todos los pacientes que vemos, es el síntoma más frecuente. Podemos decir que las depresiones dan cuenta de esta cara oscura de nuestra intimidad contemporánea, cuya otra cara es el ideal del éxito y la obligada felicidad-para-todos. De hecho, la depresión es un fenómeno de la época, que representa su estado de ánimo, es la enfermedad del discurso capitalista, como la llaman algunos, que denuncia sus efectos sobre el sujeto actual. Exacerbada, por supuesto por la plaga del covid que ha tirado de la manta para desvelar lo siniestro de nuestras vidas.

Hace años que el pronóstico de la Organización Mundial de la Salud nos advierte: “Se espera que en el 2020 los trastornos depresivos ocupen el segundo lugar entre las patologías responsables de la muerte y discapacidad a escala mundial”. ¡Ya hemos llegado!

Recuerdo que eso empezó hace unos 25 años, aproximadamente, o más. Estaba en un servicio público y empezaba a percatarme de que se multiplicaban los diagnósticos de “depresión”, que se convertía así en un cajón de sastre.  Quiero decir que teníamos que estar muy alertas al diagnóstico y poder discriminar.

Tres causas fundamentales se barajaban en este fenómeno:

  1. El boom de los antidepresivos. Para muchos, el antidepresivo, o algún ansiolítico, se ha convertido hoy en algo parecido a un complemento vitamínico.
  2.  Se imponían los Manuales de diagnóstico (DSM-IV, etc.). La histeria, que era el termómetro de su época, era tachada del Manual. En su lugar aparecían las depresiones y la fibromialgia, entre otras. Todo se aplanaba y se banalizaba. La estupidez y la ignorancia también ganaban terreno en nuestro campo.
  3.  De-presión, la presión se imponía como modo de vida, el estrés. Así, nos deprimíamos todos un poco ante la pesadumbre del mundo que nos ha tocado vivir. Y algunos tiraban la toalla.

He visto -veo- pacientes que llegan  con la etiqueta de “depresión crónica”, cronificada por muchos años de medicación. Llegan con el pronóstico “abandonad toda esperanza”, y, sin embargo, vienen. Una paciente joven me contaba que para ella la depresión era como la diabetes: ella y su fármaco, de por vida. Otra persona mayor me decía hace poco que se estaba enterrando viva… Muchos años de silencio y de fármacos solo tienen una salida: la cronificación. Acaso podemos hablar de un denominador común, algo del depresivo que deviene un paradigma del sujeto actual globalizado, atiborrado, desvitalizado o irresponsable, muy paranoide y maltratado; todo está fuera y el sujeto deviene objeto, víctima del maltrato ajeno.

Y aquí es donde aparece la “vacuna contra la depresión”, para salvarnos de una muerte anunciada.

Y, sin embargo, o por eso mismo, seguimos aquí, nuestra ética da un giro radical a la queja: lo que es queja o coartada deviene una responsabilidad. Es lo que llamamos rectificación subjetiva. Como psicoanalistas situamos al sujeto donde le corresponde estar, en la responsabilidad que le toca asumir, para poder algún día recuperar sus recursos propios y su deseo. Imposible sustraerse a eso.
Lo siento, amigos, no hay vacuna contra la depresión y, si la hubiera, les recomiendo antes de tomarla servirse una copa de cicuta, que nos asegura una muerte mas digna.

Este domingo, 31 de Octubre,  he presentado un caso clínico en Tarragona (ACPT). Este no es el caso, es solamente una breve reflexión que me ha suscitado.

¿Confinamiento, o autoconfinamiento? Esa podría ser la cuestión cuando abordamos, ahora,  la transmisión de un caso. El sujeto está confinado también en su novela familiar y en su fantasma. Incluso diría, en el mejor de los casos.

De pronto, llega el confinamiento. ¿Quién lo esperaba? Es un hecho traumático,  Real,   -un corte inimaginable- que nos despierta del idilio consumista y prepotente del Homo Deus, y nos confronta con lo peor, una pesadilla.  En este tiempo agitado, he visto a muchas personas. “Visto” es un lapsus, evidentemente… he escuchado a muchos. Bendito teléfono que permite la circulación de la voz y de las transferencias. Abrimos un servicio gratuito para los que lo necesitan y empiezan a llamar. Mi conclusión: hay tantos virus como personas, cada uno autoconfinado en su fantasma. ¡NO SOLO SOMOS CARNE DE VIRUS!

¿Hace falta el encuentro de dos cuerpos para conducir un análisis? Para mí este ha sido el descubrimiento de la Pandemia. Sí, cierto, ha cambiado nuestras vidas, ¿pero ha cambiado algo de la transferencia? Donde había transferencia, esta se ha mantenido, sostenida por la voz y por el deseo del analizante y del analista. El cuerpo para nosotros es un discurso, y este, para decirse, no necesita de la presencia física. El cuerpo no es el sujeto. Podemos decir que el cuerpo se confina, pero el sujeto, no. Estas son también reflexiones escuchadas en una ponencia de Luis Izcovich.

Freud decía que nada se puede matar en ausencia o en efigie. Hemos descubierto, gracias al virus, que sí, se puede matar en ausencia y en escucha de la palabra. La transferencia instalada del S.s.s. perdura, e incluso a veces se fortalece.  Y a la vez, no sólo se trata del supuesto saber, hay demandas, muchas, que reclaman ¡UN PLUS DE VIDA! Este es un reto especial para un analista.

Lacan, en el Atolodradicho, dirá, “es del inconsciente que el cuerpo toma su voz”. Podemos pensar, como dice L. Izcovich, que la voz cierne la relación entre cuerpo e inconsciente. El objeto voz nos pone más en relación al inconsciente que el objeto mirada. El uso del diván lo confirma. “Hacerse ver”, que para una de mis analizantes,  tenía una importancia primordial, se convierte en hacerse escuchar, un circuito esencial. Gracias a la voz, el cuerpo se sostiene de otra forma en lo simbólico. Hay un encuentro mas allá de la mirada del narcisismo especular. Ella -la chica joven que acabo de mencionar-  se debatía desesperadamente entre los dos polos del espejo, la imagen Ideal y la degradada; este era su auténtico confinamiento del cual empieza a salir.  Esta es, a la vez, nuestra  apuesta clínica por la aparición de lo singular de cada sujeto y por la construcción de un cuerpo habitado de una manera menos sufriente.

Este es también el interés de este caso, ella se refugia en su imagen, para denunciar sus trampas. Hoy asistimos a un fenómeno muy extendido: el de la imagen como suplencia, que tiene un valor actual específico. La vigorexia de la imagen alterna con el debilitamiento de un sujeto que tiene serias dificultades para construir su identidad en el registro simbólico y que navega perdido en las mil imágenes, tatuajes, operaciones, trans-formaciones del cuerpo como búsqueda fallida de su ser, que no dan cuerpo a su identidad. En eso sigue vigente la importancia del psicoanálisis, para reconducir este desvarío y situarlo en las coordenadas que corresponden a la construcción subjetiva.

Daniela Aparicio,  31 de Octubre 2020.

La Psicología y la Psiquiatría científica forcluyen al sujeto necesariamente. Eso no hay nada ya  que lo detenga. Este es, a mi entender el nuevo paradigma: el de un sujeto  condenado al declive, que  pierde su consistencia como tal para un Amo que pontifica  la “normalización” con el empuje globalizador  del “todos por igual”. Hace años que eso se produce y no  acusamos recibo. Y todavía con mayor razón si no paramos de repetir  con Lacan, que nuestro sujeto es el mismo que él de la ciencia. Si la ciencia lo forcluye tiene que  reaparecer en  otra parte y si no siempre llega, o nos llega bastante maltrecho debemos sacar nuestras conclusiones. Este es el sujeto melancólico, el que padece su propia perdida.

Las mismas depresiones, el ejército de deprimidos como patología principal de nuestro tiempo vienen a decir lo mismo, hay un duelo interminable  por un sujeto  abandonado a su suerte,  o  a sus fármacos,   y a su silencio en soledad. Este sujeto no puede estabilizarse en una relación al Otro con su diferencia, sus marcas y su historia particular,  para poder  subjetivar su síntoma y darle un sentido. Si  Freud construye la teoria sobre “El sentido de los síntomas”(1) que se  anudan  con el inconsciente,  con  el lazo  social,  en los lazos entre padres e hijos,  en el compromiso y afectos subjetivados, hoy  podemos constatar  que poco sentido le queda. El sinsentido del síntoma nos lleva directamente a  la clínica de los pasajes al acto, los ataques de pánico y los raptos de violencia.

En un artícuo ”Un plus de mélancolie” C. Soler   hablando de las depresiones destaca esta hemoragia de energía y de dinero que colapsa la sociedad y desafia a los políticos de la Salud. La realidad ha cambiado, en efecto  -añade- “.. estandarización y anonimato superyoico de los modos de vida, deterioro de los vinculos sociales, catastrofes mundiales, etc.”(2)

 La depresion no tiene un sentido puesto que no es un síntoma, es un fenómeno de la epoca que representa su estado de ánimo, es la enfermedad del discurso capitalista,  como la llaman algunos. El sujeto deprimido o melancólico es aquel que no acaba de encontrar su lugar en el Otro, porqué no lo tiene  como tal sujeto.  El sujeto padece su orfandad y desamparado y solo  es arrojado a su mala suerte. ¿ A quién encomendarse?  Dónde encontrar algun sentido orientador en lo personal y  en lo colectivo. Más que nunca, aparece el heroe de Kafka,  el nuestro,   extraviado en el sinsentido  y perdido  en la perplejidad  del abandono mas absoluto, dejado de la mano de Dios  y a la merced de  un   capricho,   a veces sadico.

Las pateras no sólo estan en la mar, estan  tambien en tierra.

 “Todo se acumula me dice Bea, en el trabajo me machacan, he roto con mi novio, se fue sin decir nada,  ahora estoy sola y me machaco a mi misma”.  El maltrato se multiplica bajo diferentes rótulos. Hay persecución para todas las edades, gremios y géneros: bullying, mobbing, violencia de genero, etc.etc.

En las quejas que llegan predomina la apatía y la inhibición, o bien las satisfacciones solitarias  de la pulsión, sobre el modelo de la Bulimia. Pocas causas  mueven al deseo, no hay causa  o sentido para el deseo.  Si el deseo es el deseo del Otro,  algo ha fallado en esta circulación que resulta  a menudo mortífera. La circulación entre el sujeto y el Otro esta interferida por los objetos. Los objetos, cuyo consumo reduplica la insatisfacción..

 El duelo por el sujeto toma diferentes formas en la clínica. No sólo se forcluye al sujeto sino tambien a su depresión, exógena generalmente, medicalizada hay que borrarla del mapa, pensar en “positivo”. El que protesta contra el optimismo de rigor está en falta, luego arrastra su culpa de inadaptado y se flagela como el sujeto melancólico.  Eso curiosmente, tiene el efecto contrario,  cuanto más lo silencian más lo extienden, crece el ejercito de depresivos, medicados con fármacos cuya eficacia está garantizada. Todos tienen el derecho  a ser diagnosticados y recetados, pero  carecen del derecho a su dimensión subjetiva, el rasgo se globaliza para integrar un universo coherente y homogéneo.

 Conductismo, o pensar en positivo. Este es un fragmento de un caso en análisis, que aporto para dar cuenta del redoble melancolizante que puede tener un tratamiento conductista  sobre un sujeto melancólico.

 En “Duelo y Melancolía” Freud define : “La melancolía-dice- se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la perdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo”(3)

En su diario  María (así la llamo),  escribe:  este verano   empieza el aislamiento,  se va al coche para estar sola y se mete en la cama,  tiene atracones, engorda  mucho y luego comienzan las restricciones,  se moría de hambre pero no podía comer,  aparece el insomnio con pesadillas y muchos miedos.  Está ausente y no le importan las cosas que antes valoraba.  Pregunta no tiene ninguna,  aunque no entiende nada. Sólo tiene una respuesta:  todo lo hago mal, me lo merezco, quiero morir. Tengo una enfermedad desde siempre, que va a ser para siempre, no tengo remedio. Es una sentencia.

Se produce el primer ingreso en la Unidad  de Trastornos Alimentarios. Es diagnosticada de “Bulimia nerviosa”, con abuso de  laxantes y vómitos. A los pocos días  deja de comer y  pierde mucho peso. Luego, empieza el engorde.

 Lo que María destaca de este primer ingreso  es una necesidad imperiosa : necesitaba hablar y no podía. A los cinco meses del ingreso, cuando se anuncia el alta, hace un intento de suicidio, se toma unas pastillas en el  mismo Hospital. El alta es fulminante. 

Maria  intenta escribir cosas que la atormentan, que  ella piensa pero la terapéuta le dice que piense “en positivo” y que olvide lo malo. María responde : “no puedo decir lo que pienso, no estoy bien,  me veo  horrible, soy un monstruo.” Crece el sentimiento intemporal de haber sido un estorbo,  una molestia  para todo el mundo.

 En la trasferencia con su terapéuta, hasta un ciego lo vería,  ocurre literalmente eso: su relato personal estorba, su indignidad resulta molesta, tiene que callar para encajar en el mandato conductista.  Cada vez se siente peor. Se desespera mucho y se hunde, sin fuerzas para seguir.  La terapeuta  le pide que piense “en positivo”, insiste en eso en su estrategia terapéutica.  Y Maria le contesta :

“No puedo cambiar mi pensamiento, lo que siento realmente, aunque lo oculte. Lo que a mi me preocupa a tí no te interesa en absoluto porque está en el pasado….. mi cabeza no para, tengo ansiedad a tope. Hoy te voy a decir lo que pienso realmente:  es como si me pidieras que siga ocultando mi realidad. Ahora que descubro parte de mi vida no puedo sentirme mal, todo ha de ser  positivo.. Quizas tu necesitas pensar que no me  pasa nada,  que estoy bien y ya está… Si quieres positivo lo tendrás,  pero el interior no lo puedes cambiar ¿para qué estoy aquí si todo  es positivo?”.   Excelente pregunta que cuestiona la totalidad del enfoque conductista.

Inhibida, necesita hablar y le cuesta.  Su empeño es el de ser un sujeto parlante,  viene para eso, poder superar su mutismo y constituirse en sujeto de la palabra que Otro  pueda escuchar y sostener. Me encuentra en este lugar.

En la consulta, María encuentra el lugar donde puede decir su verdad,  lo que nadie soporta escuchar. Puede decirla sin pensar “en positivo” . El error del conductismo es  aberrante puesto que desvirtua la esencia misma del sujeto. La “normalizacion conductual” que se pretende  supone un vaciamiento de los síntomas, o del delirio,  que deja al sujeto mas anonadado todavía en su caida melancólica. El intento de suicidio es la única salida  y un acto del sujeto  que fue silenciado y ati-borrado. La indicación terapéutica consiste en condenarla al silencio.

Como dice Freud ya en 1915: ” la certeza de su indignidad es inamovible como contradecirlo en la cura…. Tanto en lo científico como en lo terapéutico sería infructuoso tratar de oponérsele al enfermo que promueve contra su yo tales querellas. Es que en algún sentido ha de tener razón……. y  luego cita a Hamlet “Dad a cada hombre el trato que se merece, y ¿quién se salvaría de ser azotado?”(4)

Ref. bibliográficas

  1. S. Freud, El sentido de los síntomas. Conferencia 17 (1916) volúmen XVI, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1995.
  1. C. Soler, “Un plus de mélancolie” articulo en Des mélancolies. Editions du Champ lacanien.  Paris 2004.  p. 102.
  1.  
  2. S. Freud, Duelo y Melancolía. (1915) volumen XIV,  Amorrortu Editores, Buenos Aires,  1995.      p. 242.
  1. S. Freud, Duelo y Melancolía (1915) volumen XIV,  Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1995.      p. 244.