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Lo que me ha fascinado siempre es la capacidad de reinventar lo sabido, para decirlo de otra forma. Esta es la clave de la creatividad y del hallazgo de Santiago Amigorena, un regreso a lo que dejó. También una continuidad en su obra biográfica, en toda su escritura. Diez novelas autobiográficas, con la última guinda: El gueto interior (2019).

Es una obra singular, en tanto que transforma y recrea la memoria de la Shoah y lo imposible de decir a la vez. Además, siento que hay en esta obra un plus de familiaridad para mí, y un plus de vida cuando homenajeamos a nuestros muertos y a una novela excepcional. Se agradece mucho poder compartir y ponerle palabras a lo imposible de cargar a solas.

Es memoria subjetiva, la historia de un ser entrañable, Vicente Rosenberg, y de su familia. No son números, millones tatuados que devienen anónimos. Este salto del número al nombre, de la historia a la memoria particular, nos incluye en el relato. Vicente es también mi abuelo, Daniel, deportado de Rumanía y fallecido en un Campo de concentración. Una profunda emoción y un profundo agradecimiento a Santiago Amigorena.

No es un libro más sobre la Shoah; es diferente. Amigorena, con su lupa y pluma, convierte una tragedia colectiva en un drama íntimo, interior. Este es el giro fundamental, un giro ético, cada uno con su nombre y su historia. No es la Shoah como catástrofe de millones. Es un drama íntimo y subjetivo. Amigorena restaura y repara una historia agujereada por el silencio. Y es como restituir al mundo algo de lo que se perdió, y a su familia también. Tikun Olam, como diría un cabalista. Y un homenaje a la memoria que nos habita.

Somos carne de memoria, la que grava nuestro cuerpo y nuestro ser, tatuados como en el cuento de Kafka. El gueto interior es un testimonio de ello. Santiago es memoria de su abuelo; hereda su silencio, un rasgo familiar. Silencio que a su vez deviene escritura.

Hay dos cosas que podemos distinguir, a mi entender: la novela en sí como obra literaria; y la novela «mía», su impacto en mi persona. De eso deseo hablar; cada uno lee su propio libro, ya lo sabemos. He leído la novela dos veces. En la primera lectura, apunté en mi libreta: «Literatura profunda y envolvente». La segunda fue definitiva, estremecedora y entrañable; escrita y leída desde las entrañas. La novela ya era mía, era mi novela familiar. Vicente era yo, y Santiago, también. Además estaba mi propio abuelo, que murió en un Campo. Sentí el impacto del cuchillo (*en el sueño). Me estremeció la última carta de la madre, sensación de algo desconocido y tan familiar a la vez, y luego los asesinos con las hachas, el Gueto de Varsovia; un aluvión de imágenes conocidas. A lo largo de la novela seguí a Vicente Rosenberg en su profunda caída melancólica, compartiéndola.

El SILENCIO es el meollo, o la médula del libro. ¿Cómo escribir lo que no se puede decir? Es como la vieja polémica acerca de la Shoah: ¿se puede o no se puede escribir después de Auschwitz? Pues, a mi parecer, no solo se puede, sino que se debe.

Entré en el relato como Pedro por su casa; me sentí muy cómoda con esa retórica tan amena, tan amigo-rena. Vicente Rosenberg, nuestro héroe de la novela, era para mí un personaje entrañable y a la vez algo contradictorio, como todo hijo de vecino. Al principio, aparece como alguien un tanto superficial, un dandy que cuida de su vestimenta con esmero, muy dicharachero y siempre un alegre de la vida. Llega a Argentina en 1928, dejando en Polonia a su madre y hermanos. Este corte con la madre, psicoanalíticamente hablando, tendrá sus consecuencias. Él, que fue un orgulloso soldado del Ejército polaco, se siente libre e independiente; no sabe si es judío, polaco, o argentino. «Vicente Rosenberg no sabía exactamente qué era». Sí, pero esa levedad del ser le permite identificarse con facilidad con el entorno; se asimila, o sea, olvida o reprime su historia. Su historia ahora se escribe en presente, se casa con Rosita y tienen tres hijos; el cuarto, y último, lo salva de la horca. El amor de los dos es incondicional y pasional; han nacido el uno para el otro. Ese es el nudo amoroso de la novela: nada lo puede cortar, es la garantía de su vida. Vicente vive feliz y despreocupado, es un negador a la enésima potencia, o simplemente se permite ser feliz. Aquí tenemos la cuestión de la asimilación: cómo vivir en un país sin asimilarse, sin identificarse con él. Esta es una cuestión candente para el judaísmo de la diáspora, y un tema polémico también. ¿Acaso el judío debe vivir en un Gueto y estudiar en la Yeshiva para sostener su judaísmo?

Retomando nuestra lectura, y la vida de Vicente Rosenberg, hay una sombra que irá creciendo a medida que avanzamos: las cartas de su madre, que golpean con la cadencia de una muerte anunciada. La última produce una profunda sacudida mortífera en Vicente, un retorno de lo reprimido y un anuncio de lo peor. Es la crónica de una muerte anunciada. Cada carta es un paso más en esa vía dolorosa que acaba en el exterminio, Treblinka II, habiendo pasado por indecibles estragos: los que no se pueden contar, pero que cada uno imagina dentro de su pesadilla, la más real e insoportable. Vicente tiene la suya. Tiene un sueño recurrente, como el retrato de su gueto interior, que no lo va a abandonar durante el resto de su vida.

Sin embargo, me ha impactado la delicadeza con la cual Amigorena trata el horror; francamente, no lo he visto en otros relatos. Hay una auténtica dificultad en tratar el horror sin pathos ni resentimiento, incluso sin odio. Hay amor en la novela. Santiago Amigorena lo ha hecho. ¿Cómo? ¿Qué ha hecho con el odio y el resentimiento?

Nuestro héroe sufre una profunda quiebra melancólica; acosado por la vergüenza y una culpa irreductible, cae en un profundo mutismo. Se instala el SILENCIO. Vicente está en otra parte, cada vez más apartado de su amorosa familia. Este ser alegre y dicharachero se convierte en un autómata silencioso, robotizado como un muerto viviente; nada lo arranca de su silencio. Finalmente, esa profunda melancolía lo lleva a un intento de suicidio, que por otra parte es una muerte elegida, su huida de la pesadilla, la disyuntiva de la Shoah: morir o morir, no hay otra salida.

De todo ello podemos deducir que el exterminio no solo fue para los fallecidos en los Campos. La solución final todavía no ha finalizado. Sus herederos, nosotros, llevamos todavía la marca. Esto es muy importante. La sombra de los muertos cae sobre Vicente y lo arrastra al mismo destino que los gaseados, un duelo interminable. El mutismo se entiende: no hay palabras para decirlo, como decía en un principio. Solo el escritor, Santiago Amigorena, puede decir algo del horror y del estrago, poner las palabras que fueron suprimidas, y así es como la lengua exterminada retoma vida. ¡Magistral!

La Shoah. ¿En qué cabeza cabe? No les voy a hacer un relato de las atrocidades, ustedes ya las conocen. Una ola de sangre y una sed de masacre encharcaron la faz de la tierra, y no solo en Alemania. ¿En qué cabeza cabe? De ahí que la negación o el autoengaño también podían explicar la incredulidad reinante. Lo que se sabía y no se sabía, lo imposible de concebir. «¿Cómo creer en lo increíble de un humano deshumanizado?», se pregunta Primo Levi en su libro Si esto es un hombre. La respuesta que da es «no hay porqué en un Campo». Eso equivale a decir que no hay preguntas ni palabras cuando la pulsión de muerte arrasa. Y sin embargo hay una manera subjetiva para decir algo del horror. No de la violencia en sí, que es muda, sino de sus consecuencias en lo más íntimo del gueto interior; decirlo de otra forma para humanizarlo nuevamente.

¿Qué es ser judío? Amigorena da una respuesta para esta pregunta, que me remite a la tesis de J. P. Sartre. En Reflexiones sobre la cuestión judía, Sartre viene a decir que el judío es una invención del antisemita, o sea, es el Otro el que nos otorga la identidad. Es la Shoah la que convierte a Vicente en un judío. Esta es una tesis polémica, sin lugar a dudas. Llevamos las marcas del Otro desde nuestro nacimiento, pero finalmente uno elige, o debería hacerlo. Vicente, nuestro héroe, soldado del ejército polaco y más polaco que ninguno, olvida su historia y orígenes al llegar a Argentina, deviene argentino y va mutando según el contexto. La asimilación reprime los orígenes. Solo el estallido del antisemitismo y su trágico desenlace le obligan a tomar conciencia de quién es su madre, su padre, y su Nombre. Él deviene judío por el acoso externo y por su elección. Como en su pesadilla, lo externo deviene interno, lo más íntimo suyo, su gueto interior.

 ¿Quién es judío? Conocemos la respuesta nazi: tú solamente eres un judío; para el matadero. ¿Qué es ser judío? Hay muchas definiciones para la identidad judía. Woody Allen dirá: «Judío es aquel que se pregunta cada día quién es». No se queden solamente con lo chistoso del enunciado; lo que quiero destacar es su sentido ético, el de una pregunta siempre renovada acerca de uno mismo, que no es Uno, sino múltiple y cambiante, y que a veces ni sabe quién es. También está la culpa como rasgo especial del judío, aunque no exclusivo; el chivo expiatorio se identifica con aquello que le atribuyen.

Tampoco podemos olvidar que Vicente Rosenberg tiene una madre judía, siempre excesiva; muchos la conocemos. La madre judía, a veces, infunde la culpa para consolidar el apego con su hijo. Para atarlo mejor. La culpa, diría, deviene un rasgo de identidad judío. Vicente rompe sus cadenas y se va, una operación necesaria. ¿Qué hay de la relación con su madre en su enfermedad? Freud define la melancolía como la sombra del objeto que cae sobre el yo. ¿Él muere como ella o se mata como culpable de su muerte?

Ser judío es cargar con la pesada mochila de las faltas y culpas del humano. Con lo que nadie quiere cargar. Desde la Génesis el judío lleva la culpa, o la marca de Caín. Carga con una responsabilidad, una cuestión ética importante, que es la de todos y cada uno. Es muy incómodo encarnar lo que otros rechazan; por ello se convierte en el representante del mal, el que pone el dedo en la llaga y denuncia lo que nadie quiere saber. Los otros, en su mayoría, ponen el mal fuera, como el paranoico siempre inocente: el culpable es el Otro. ¿Cómo entender si no que los criminales nazis, Eichmann incluido, se declaren no culpables y en cambio nuestro héroe, Vicente Rosenberg, se declare culpable y cargue con todo?

La Génesis nos da la medida de lo humano y de su ética. Para ser íntegro recuerda que no eres Dios, no eres completo y algo te falta, o estás en falta. La aspiración totalitaria, más vigente que nunca, tiende a ignorarlo; es el poder absoluto, que no acepta ninguna falta; hay que exterminarla de la faz de la tierra. Así caen los judíos, los gitanos, los enfermos, los pobres… Y la historia continúa con ese delirio colectivo. Vassili Grossman, en Vida y destino, dice: «La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia».

En tiempos de la banalización y de la memoria liquida, del olvido irresponsable, una novela sobre la Shoah, en primera persona, íntima y personal, que da cuenta de nuestro gueto interior, lo más verdadero de nuestro ser y, a veces, lo más desconocido. Esta es la paradoja humana que oscila entre el amor y el horror. Esta novela es la demostración fehaciente de ello, sublimada por la potencia de su creatividad. Sabemos que el arte se anticipa al psicoanálisis y lo dice mejor, nos deja un regalo, como este libro. ¡GRACIAS Santiago Amigorena!

Publicado en la última Revista RAÍCES, enero del 2023..

Cómo decir algo cuando faltan las palabras. En qué cabeza cabe, CLF, en qué cabeza cabe que no estés aquí con nosotros, y sin embargo…. Solo nos queda decir algo de ti, y por ti. Somos carne de palabras, un ser simbólico. Para nosotros el mundo existe a partir de nombrar las cosas. El mundo existe por ser nombrado y tú también, Carmen. Estamos en una civilización del lenguaje, de la escritura y de la literatura, eso es civilización. Para nosotros, habitar el mundo es habitar el lenguaje. Esta es La Fuente y la fuente que nos ha dejado Carmen también. Sus escritos y la suerte que nos quedan todavía, las palabras para decirlo y nombrarla, ella habita esas palabras. Hablé con ella por intuición unos días antes. No sé ni por qué ni cómo, hacía tiempo que no lo hacía y le escribí; luego hablamos y me contó. Ella venía a visitarme cuando las cosas no eran fáciles; se lo agradezco tanto… Entendí rápidamente el sufrimiento que atravesaba y le dije «HINENI», que en hebreo significa «aquí estoy», o «aquí me tienes».

Nadie sabe del todo cuándo toca partir. Difícil estar y no estar a la vez, ser o no ser, esa es la cuestión. De allí la profunda negación que acompaña a veces el momento terminal, sobre todo cuando el deseo es de vida. Cómo aceptar esa despedida irreversible, o la caída en el más allá. ¿Y por qué no en el más acá? «Tierra eres y tierra serás», así de impecable es el recorrido vital en la Génesis. Un retorno limpio a los orígenes, nuestra tierra madre, la que nos parió con amor, en el mejor de los casos. Madre tierra que nos regaló la vida para hacer con ella lo mejor que pudiéramos, y que hemos aprendido para saber avanzar. Carmen Lafuente ha sido ejemplar en este recorrido. Era LA FUENTE del deseo de saber. Siempre tenía un libro para recomendar, novelas o ensayos. Recuerdo con tanto cariño dos visitas con ella… Una en Valencia, hace unos años, nos fuimos las dos a ver una antológica del pintor Genovés y salimos iluminadas, por el lugar y la creatividad. Otra fue el viaje a Zaragoza para contemplar a otro artista genial, Victor Mira, uno de los grandes. Nos unía el amor por el Arte, no todo era psicoanálisis.

Recuerdo que hablamos de Kandinsky, De lo espiritual en el arte. Él decía esas cosas brillantes, como que la abstracción no era lo contrario de lo figurativo. Depende del tiempo que hay que tomarse para mirar el cuadro. Ahora, cuando ya no hay tiempo sino inmediatez, ¿qué queda del Arte? La abstracción es la capacidad de abstraerse de la inmediatez de la comprensión. La muerte podría ser la abstracción más radical, el intento de tomarse el tiempo para atrapar algo de lo que queda, para decir lo indecible de la ausencia.

En ENCORE, Lacan les pide a las mujeres que hablen se su goce, más allá del falo. Lafuente releva el guante, y en su recorrido de AE, habla de un más allá que anhelan la mujeres. Carmen estudia la vida de las Santas. Marie de la Trinité es una de ellas, donde late esta aspiración a la trascendencia, un goce hecho de éxtasis y de sufrimiento, como la misma vida. Lafuente y el latido de sus palabras, su transmisión, era un intento de innovar, no de repetir.

A-Dios, para que la muerte no diga las últimas palabras, por eso las decimos nosotros. Si no responde es porque responde dentro de nosotros. El lugar donde mis muertos son mis recuerdos y palabras. En sus escritos, que han quedado grabados, también. No hay otro modo de decirlo, puesto que de eso se trata. Toma vida, o palabra, cuando lo decimos nosotros: ha sido una Fuente de luz. Una fuente de vida innovadora.

Levinas (La muerte y el tiempo) define la muerte como la paciencia del tiempo, un reto para el mortal superviviente. Una experiencia de la no-respuesta del Otro que nos ha constituido, o acompañado. La primera muerte es la del Otro, y la segunda, ya se sabe. Hay una extraña culpa del superviviente, culpa sin falta ni deuda, pero con responsabilidad (eso lo dice Derrida en el funeral de Levinas). Esa responsabilidad nos obliga a tomar la palabra ahora para este homenaje a Carmen Lafuente.

Como hacía Carmen, recomiendo también dos textos de Freud: Consideración sobre la guerra y la muerte (1915), a raíz de la primera guerra mundial, y otro escrito suyo, La transitoriedad (1915), texto que articula la vida con su finitud, radical e indiscutible, sin retorno.

Igual falta poco, siempre falta poco. Por eso me cogió esa fiebre de decir algo. Tenía que decir algo antes de decir a-diós. Decirles algo a todos —tantos— los que me ayudaron a lo largo del recorrido. De ellos no quisiera despedirme nunca, no dejarles este dolor ciego y punzante que amarga la boca en su mordisco de soledad. A mí me toca profundamente su ausencia y me llena de una triste nostalgia.

Qué hacer con la muerte en nuestras vidas. Cómo hacer con la muerte de un ser querido. O de un ser amable y cariñoso que poblaba nuestro paisaje vital y era parte viva del mismo. Qué hacer cuando desaparece y deja un agujero negro y vacío. Y sí, los optimistas nos dirán que deja tantas otras cosas también, de creación y de luces, nos deja su fuente. Sin duda, también es cierto. Desearía sentirlo así. Me decanto por eso último con el agujero en el alma, nuestra maldición, o condición humana. Que de ser mortales se trata. De ser carne de amores a devenir soportadores de pérdidas, y de duelos. Mientras uno espera la propia pérdida, la única que tiene, como grato alivio terminal, el final de los sufrimientos y de las despedidas. Hoy es un día triste para mí, la perdida de una amiga entrañable, que remueve fuertemente todas mis ausencias.

Eso, por lo menos, se presta a una sonrisa. ¿Acaso hay madre por un día? Si es así es la del Corte Inglés.  La nuestra es para siempre, esta es la cuestión y, a veces, el estrago, como decía Freud.

¿Qué es una madre y cuál es su función? Es la que nos da la vida, un don incomparable, pero también es la que nos prepara y sostiene en sus brazos, con su amor y cuidados, para paliar el desamparo original y sus secuelas. Esta contención materna es imprescindible a lo largo del crecimiento, a la vez que despunta, en la adolescencia sobre todo, y antes por supuesto, el enseñarle a volar a este ser querido, para que pueda fundar algún día su nido en otra parte. En suma, es un amor con plazo fijo. Muchas son las madres que se quejan y malviven esta separación, ellas que han puesto tanto en esa relación, un todo y un demasiado que no tiene devolución posible, y cuando la tiene solemos llamarla una patología del vínculo.

“Madre solo hay una”, otra de las frases hechas que nos sitúan ante la misma cuestión, la unicidad de la madre-Una. No me resulta fácil hablarles de la mía, pero voy a intentarlo por mi compromiso con la enunciación. Con la salvedad del Pase, y aun así, parece que los psicoanalistas no tienen madre, ni padre, o vida privada. La cuestión es simple: el psicoanalista  no puede ni debe desplegar su privacidad para no influir en la transferencia, el eje sobre el cual se desarrolla la cura. ¡Correcto! Y sin embargo no es así; él o ella, con un largo análisis a sus espaldas, guardan incluso en el mejor de los casos algunas marcas postanálisis. Sí, el analista tiene madre, incluso esta puede determinar su destino, previo al análisis. Destino es una palabra repudiada entre nosotros; una cura analítica pretende acabar con eso, con la caída de las identificaciones, el atravesamiento del fantasma y la emergencia del deseo propio y decidido de cada sujeto, que destituye la creencia de un destino al cual estaba abocado. Sin embargo, queda un resto sintomático para cada cual, con el que tendrá que saber hacer, y apañárselas. Todo este recorrido de un análisis —no necesariamente tan largo— produce efectos terapéuticos de cambio, cuya base fundamental es la transformación subjetiva. ¡Doy fe!

Volviendo a mi madre, un ser delicado y frágil. Nace en una pequeña ciudad a orillas del Danubio. Y me cuenta —mi infancia está llena de relatos maternos— a demanda; yo le decía cuéntame y ella seguía. ¿Acaso fue mi primera analizante? Lo que sí es seguro que le debo mi profesión. ¡Gracias!

Vivian mis abuelos en una gran casa familiar rodeada de jardines, una familia judía acomodada y feliz —en lo que cabe— en esta primera parte del relato. Una gran carroza de caballos acompañaba a mi madre cada mañana a su colegio, Nôtre Dame de Sión. Eran monjas francesas y cultas, que la fascinaban. En los días de frío invierno iba envuelta en pieles que protegían su salud algo frágil, iba envuelta en algodones. Su educación se complementaba con clases de idiomas y estudio del piano. Fue una niña formada para un ámbito donde reinaba la Cultura y cierta alegría de vivir. Sin preaviso y de repente, la tierra se cubre de tinieblas. S’ha fet fosc, como decimos aquí. Los estertores del nazismo en su país acaban con esa película idílica, la destrucción y el trastorno es brutal, cambian de ciudad y comienza la gran escapada que no tiene escapatoria; su destino, esta vez certero, es la muerte para varios de su familia.  Mi abuelo Daniel muere en un campo de concentración, en Transnistria. La guerra de Ucrania, hoy, nos devuelve este nombre que alberga lo siniestro. Mi madre queda tocada; nada podrá reparar su dolor, que arrastra hasta la tumba. Sí, descanse en paz esta madre que sufrió tanto en sus duelos interminables y eligió tan precozmente el descanso como última decisión. De cuatro hermanos que eran, tres eligen desaparecer.

Lo que no se dice suficientemente del Holocausto es acerca de los supervivientes que no logran hacerse a la vida y eligen darse de baja. Habrá que pensar algún día una nueva contabilidad de esos queridos seres, para añadirla a los otros. Millones de asesinados, antes, durante y después de la Shoah. Toda nuestra cultura en un pozo, sepultada por el oscurantismo fanático que todavía late y confronta al hombre con el hombre, su hermano Caín.

Como les contaba, ya de pequeña descubro en mí una curiosa apertura y disponibilidad para escuchar y, por qué no decirlo, gozar con la escucha, con la circulación de palabras que construye mundos y funda relaciones, las que dan vida. Y en eso sigo todavía.

Misteriosos son los destinos del Señor, y eso dicho por una laica, o más bien atea. Como dice Freud en uno de sus escritos, la divinidad oculta siempre la proyección de la figura paterna que añoramos tanto en los tiempos del desamparo. Con Lacan decimos prescindir del padre después de haberse servido de él; en eso creía estar yo.

Nadie sabe lo que le espera. Hacía años que deseaba viajar a Creta, isla entrañable, llena de tesoros minoicos y de promesas naturales. Civilización milenaria y naturaleza de montañas y mares con gran fauna marina y diversidad humana.

Llegué al atardecer a Heraklion, capital de la isla, ciudad sin un interés especial; me sorprendió sólo el color del mar, más oscuro que el nuestro, el Mediterráneo, mare nostrum; es un mar variopinto, lleno de matices. Tras un largo paseo por la ciudad volvimos al hotel. Me fui a lavar las manos y al salir, no sé cómo, me caí, o me desplomé violentamente contra el suelo. Me había luxado la cadera. Para los que no lo saben, eso es cuando te quedas inerme, con una pierna inútil y con la imposibilidad de hacer gran cosa, salvo encomendarte al destino.

Me había desplomado. La verticalidad se pierde en un instante y aflora la pendiente y la dependencia imprescindible del otro.

Aquí empieza mi odisea cretense, y el viaje inesperado que me esperaba, sin que yo lo supiera. He visto lo oculto, lo que no se muestra, o lo que no se quiere ver. En suma, he visto la otra cara, la cara oculta que no aparece en ningún folleto turístico.

La ambulancia llegó sin prisa, concepto occidental que no rige en todas partes. En la ambulancia, un sanitario enmascarado me iba midiendo sin cesar las constantes vitales, por si podía des-fallecer. En mi mareo existencial, entendí que me llevaban a un hospital público, con buenas referencias. Entre el dolor, la impotencia y las largas esperas, la entrada fue dura. Confieso que he estado en varios hospitales, nunca en un hospital público. Al llegar, eran las diez u once de la noche y el espacio emitía un quejío, un estertor intenso, como unas pulsaciones del sonido, que subían o bajaban de intensidad. A veces tomaba forma de gritos —puro dolor—, aullidos y otras modalidades misteriosas del dolor humano, o de la bestia que somos cuando acecha el dolor del cuerpo en primer plano y se pierde otro sentido del ser, más que nunca.

Y sin embargo, algunas personas —había tantas— se acercaban y me decían algo en griego, idioma que no conozco; eran cosas amables de consuelo y solidaridad, así me sonaban a mí. Por fin llego mi turno. Después de una larga exploración y varias pruebas preoperatorias, deciden ingresarme y me llevan a una habitación enorme, con diez camas. Me ponen una sonda urinaria y me avisan que no tienen suficiente personal sanitario para atender las llamadas, y efectivamente así pude comprobarlo: no había ningún timbre para avisar a una enfermera, había turnos periódicos.

Cuando entré en la habitación asignada había sólo cuatro personas, conmigo cinco; luego se iría llenando toda. En la cama a mi derecha había un señor; no parecía enfermo, dormía vestido y se levantaba a menudo para atender la otra cama; luego entendí que era su pareja a la que cuidaba. A ella la conocí al día siguiente, y me quedé fascinada por su fortaleza y capacidad para emitir afecto. Luego supe que era psicóloga y trabajaba también en la clínica.

Desde mi ángulo del desamparo, la veía como una poderosa escultura griega, accidentada como la Venus; llevaba el brazo derecho enyesado desde el hombro hasta la punta de los dedos. Y aquí es donde me sumerjo en la mitología, sus leyendas y sus supersticiones. Él me contó una historia terrorífica, entre delirios y poderes paranormales. Ellos estaban en las montañas; en el momento de volver, sus perros no quieren entrar en el coche y se van en otro, de unos amigos. Él coge el volante, arranca, y de repente siente una fuerza desconocida que lo empuja a mil por hora, lo levanta y lo transporta sin frenos hacia el más allá. El coche se eleva por encima del que tenían delante, ven el cielo, y él opta por girar el volante hacia la montaña, contra la cual se estrellan. El coche aplasta el brazo de ella, que estalla como un melón, se abre por la mitad, en palabras de ella. Él sale ileso, pero profundamente tocado; su cara delataba un horror indescriptible. El trauma marca su cara. Le animo a que hable, y pregunto si pasó algo más. Me cuenta que hace 56 años —él tenía unos 15 años— viajaba con su familia; tienen un accidente fatídico, en el cual muere su madre, muere el novio de su hermana y su padre, trepanado, se queda ciego. Él sale ileso, pero tocado profundamente, quizás para el resto de su vida. Ella me dice que es un eremita, un indio blanco que se dedica a las sanaciones, a una vida alternativa, la suya, expuesto a las alternancias del trauma. Pedro me dice que en su cabeza alternan los dos accidentes, que él siente como iguales. Intento aportar unas palabras y le digo que NO. No es comparable una tragedia con otro accidente del cual salen con vida. Insisto en la palara VIDA y su rostro encogido y sombrío se ilumina un poco, balbucea: no, no son iguales.

 Acerca del TRAUMA

Palabra que ha entrado en nuestro erario público, nuestro vocabulario cotidiano de vida, cuando es lo más antitético y sin embargo cada vez más frecuente en los aconteceres que atravesamos de guerras o pandemias. El trauma —como metáfora, si me permiten, ya que no la tiene— sería un relámpago que cae sobre un sujeto desamparado; es lo inesperado que fulmina a un sujeto inerme, sin defensas ni recursos para defenderse o elaborarlo. Es lo que Freud relata de los heridos de la Gran Guerra, los que repetían una y otra vez su experiencia traumática. Más allá del principio de placer está agazapada la pulsión de la muerte.

En mi larga experiencia psicoanalítica, he visto sujetos tocados, traumatizados por un golpe que les ha dejado profundas huellas, como un boquete. El mismo accidente, el primero que os relataba hace un momento, fue fatídico para nuestro sujeto, que quedó marcado para el resto de su vida. El suicidio de un ser muy cercano, en una de mis pacientes, podía ser otro ejemplo. Acaecido durante su adolescencia, ella pasa años, muchos, de sufrimiento atroz, conversiones somáticas, accidentes, depresiones; un no vivir que la trae a mi consulta. Un tiempo de análisis le permite encontrar una salida, que de hecho es un invento: ella, destinada al suicidio y a la locura familiar, deviene psicóloga, estudia e investiga y transforma su destino en una profesión. Un pequeño milagro. También he visto mujeres que han perdido un hijo. Recuerdo a María (todos los nombres son ficticios), a quien veo después de cinco años de fallecer su hijo; no olvidaré su rostro marcado por un dolor imborrable, la faz de la melancolía, o del duelo interminable. Ella no quería despedirse de su niño y así lo decía; el duelo era su apego al ser querido, irrenunciable. ¿Qué descubre con el análisis? Descubre que hay vida más allá de su duelo. La suya, para empezar, y la de sus seres queridos, esperando su retorno. Cambia el fantasma melancólico y el niño deviene un acompañante, un plus de vida; está con ella no para la muerte sino para acompañar su vida. La identificación con el niño muerto decae, y el objeto niño se transforma en lo que fue en vida: un ser alegre y travieso. La muerte está siempre muy cerca del trauma, se dan la mano. Eso que fulmina al sujeto significa un riesgo radical para su vida,  que esta vez está en juego. El síntoma, recurrente para muchos, es la angustia de una posible repetición catastrófica del trauma. Y a veces acontece, como en el caso de Pedro; se repite la escena insoportable, cosas del inconsciente que no son casualidades. El trauma es imborrable; aunque lo arranques de cuajo quedan sus marcas, que el mismo sujeto aprenderá, en el mejor de los casos, a sublimar o cómo hacer con ellas.

Volviendo a mi relato cretense. Me ingresan, después del quirófano, en una enorme habitación,  todas son urgencias ortopédicas con intervenciones quirúrgicas. Lo que parecía inhóspito en la entrada de la habitación con diez camas, todas ocupadas por mujeres sufrientes, deviene un lugar familiar. Aparecen los rostros e historias de cada una de ellas, que se personalizan y salen del anonimato, se humanizan. Como la viejita de rostro extraviado que yace frente a mi cama. Ana se pasa la noche intentando arrancar sus vendajes, le molestan esas cosas desconocidas pegadas a su cuerpo. A duras penas, el enfermero de turno repara los daños una y otra vez. La niña de la habitación, una chica joven —unos 27 años— con la pierna operada y enyesada, me cuenta algo insólito para nosotros, europeos ricos y sofisticados. Me dice que para los griegos lo primordial es la familia, el amor a la familia unida. Ella vive con su hijo, marido y suegra y se siente feliz. Cuando le pregunto por su trabajo me dice que se dedica en cuerpo y alma a cuidar de su hijo y familia. Su padre, un trabajador con el rostro labrado por el sol, da fe de todo eso; se pasa todas las noches sentado a la vera de su hija. Cada una de las personas ingresadas está acompañada: un padre, varias hijas o hijos, parejas; todas velando con amor al ser desvalido. El amor es la cura suprema para una humanidad extraviada, el que detiene la pulsión de la muerte; sin él no hay salida para la vida. Sí, el amor construye y sostiene tanto al sujeto como a su entorno. Cuando falta, aparecen las grietas o incluso las monstruosidades, deformidades del ser y de sus vínculos.

Con estas letras me percato de que siempre escribo lo mismo, en la misma dirección y anhelo de mis deseos.

CONTINUARÁ

Público

Breves premisas para un largo debate.

Hace poco se ha votado, en Las Cortes, la “Ley Trans” que legisla la plena autodeterminación del género, y contempla la posibilidad del a-género, o del no-binario hombre-mujer.

Cada vez hay más sujetos que NO quieren inscribirse bajo el significante de su anatomía. Aflora una fractura, o varias, en el discurso amo vigente durante siglos. Los analistas que no estamos al servicio del discurso amo, podemos analizar la cuestión desde nuestra óptica y pensamiento crítico. ¡Igualdad! como Ideal deviene un significante amo. Esta es la bandera que se enarbola, a veces, con una ligereza que desconoce la complejidad de la construcción subjetiva, y del inconsciente que determina los modos de goce.

La identidad liquida actual tiende a apuntalarse en el goce, como si este fuera su determinación para una suplencia subjetiva. Esta confusión -entre sujeto y goce- explica, en parte, la multiplicación trans y las agrupaciones actuales que se fortifican en su modalidad de goce.

Hay una VARITÉ (verdad y variedad) de los goces, que ya no son patologías. ¿Acaso son suficientes para el apuntalamiento subjetivo?

A su vez, el innatismo de la ciencia -discurso amo- nos devuelve a la certeza de un destino inscrito en la bío-genética y no en la elección de una diferencia subjetiva. En eso tenemos algo por decir. No hay Ley universal para todos, hay la peculiaridad y particularidad de cada sujeto a quien sería imprescindible darle la palabra antes de pasar al acto.

Daniela Aparicio

En la revista electrónica VOLANT, de la EPFCL, Foro Psicoanalitic Barcelona.

Escuchado hoy en la radio: “En 2019, 441 fallecidos, los suicidios en Cataluña suman el doble que los muertos en carretera”. Leído en la prensa, el mismo día, 10 de septiembre, 2021: “El Departament de Salut de Catalunya presenta el Plan de Prevención de Suicidios 2021-2025 (PLAPRESC) para reducir los casos y estigma social. El objetivo del Govern es reducir en 2030 la tasa de tentativas y muertes por suicidio en más de un 15% y en más de un 20% en los grupos prioritarios, así como reducir el estigma social mediante actuaciones de tipo comunitario”.

Sí, estimados lectores, ¿qué pasa cuando la muerte deviene un número o una mera estadística? ¿Cómo entender y tratar este flagelo de nuestro tiempo marcado por una tristeza tan profunda y paradójica? Con la mejor buena fe del mundo, se elaboran programas de ayuda social y prevención colectiva. Este podría ser un interrogante candente del suicidio, ¡una globalización de la cuestión! El suicidio debería tratarse uno por uno, cada sujeto en la particularidad de su historia y sufrimiento.

Conozco casos de adolescentes y adultos, que tenían la convicción de que su vida ya no tenía ningún sentido, tanto para él como para ella, ni para sus allegados.

Me contaba hace poco una persona joven que se metió en el mar para terminar con su vida y que, mientras nadaba, una voz sutil le susurraba “nada, nada”. La confrontación con la “nada”, o la nadificación del ser, es frecuente para algunos que han perdido su deseo de vida y padecen la indiferencia de su entorno. Cuando el sentido de una existencia deviene un número, se ha perdido la dimensión del sujeto singular, que se ve reducido al número, como aquel que solían tatuarle en el brazo en aquella contabilidad mortífera.

Hoy tenemos un ejército de deprimidos. Ellos y ellas son el testimonio de la cara oscura, o el síntoma de nuestra sociedad contemporánea, cuya otra cara es el ideal fallido del éxito y de la obligada felicidad-para-todos.

El sujeto deprimido o melancólico es aquel que no acaba de encontrar su lugar en los vínculos sociales, y así padece su desgana, orfandad y desamparo; dejado de la mano de Dios.

La paradoja que delata este ejército de deprimidos, como patología principal de nuestro tiempo, viene a decir lo mismo: que existe un malestar creciente de muchos sujetos que sufren una especie de duelo interminable, abandonados a su suerte, o a sus fármacos y a su silencio en SOLEDAD. Hay sujetos que no acaban de estabilizarse en una relación con respecto al otro, con su diferencia y sus marcas, para poder tratar su síntoma y situarlo en su historia particular. Esas son a menudo las condiciones para la elección del suicidio.

Sí, están las terapias, pero para algunas el sujeto no existe. Existe el mandato del «traga y calla». No hay historia, no hay memoria que sitúe al sujeto en sus vínculos y en sus coordenadas simbólicas. ¿Cuál es su inscripción? Ninguna. Se actúa sobre un sujeto anónimo, sobre su cuerpo, que deviene un saco que se llena o se vacía. Reducir a los pacientes a una ecuación biológica y tratarlos como tales equivale a decapitarlos, literalmente.

Los psicoanalistas no pensamos en términos de “epidemia”; por el contrario, tratamos a cada sujeto individualmente para darle un lugar propio y devolverle la palabra, que es su plus de vida. El sujeto ignorado se muere o se mata.

Quitarse la vida ha sido un acto oculto e incluso vergonzante, generalmente disfrazado en las estadísticas, escondido bajo nuestra tupida alfombra. También podía ser contagioso, ¿quién no ha pensado en el suicidio en algún momento de su vida, cuando el tedio vital apremia? Afortunadamente están con vida para contarlo.

Albert Camus decía: «El único acto importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos». Profunda reflexión que acentúa el deseo propio y la libre elección de la vida. Desde Sócrates en adelante y antes también, hay magníficos testimonios de ello.

Solamente puedo decir que he tratado a personas con intentos de suicidio que han aprendido a amar la vida, con sus sinsabores. No puedo ofrecer un diagnóstico porque cada historia es particular e intransferible. Hagamos el camino inverso, del universal de las estadísticas al particular de cada uno.

Quitarse la vida sigue siendo un doloroso enigma que subvierte nuestra existencia y cuestiona nuestros fundamentos. Asimismo, es una acusación para los que se quedan, puesto que nos obliga a repensar y reconducir nuestros vínculos, ¡para que lo sean!

El suicidio implica al otro como la misma vida; la alteridad es parte de nosotros a vida y muerte, y es por eso que nos sentimos obligados a poner todos nuestros recursos en ello, los más idóneos.

Cuerpoenpalabras, en TikTok.

No estoy en contra de las imágenes, solo en contra de las que pretenden e imponen un cuerpo ideal inexistente, esas tienen una influencia nefasta sobre sus seguidoras, las que lo intentan copiar, para alcanzar este ideal imposible. Algunas enferman gravemente con esta obsesión.

Tu identidad no es solo una imagen. Tu cuerpo es tuyo, a tu manera, y tiene su belleza personal e intransferible. ¿Verdad que no te gustaría que nuestro planeta devenga un ejército de Barbies, todas iguales cortadas por el mismo patrón? No queremos imágenes ficticias y vacías, queremos personas. Personas valiosas, y de este modo preciosas, cada una con su diferencia y su rasgo personal. Un mundo regido por las diferencias y su tolerancia, en el cual podamos caber todos.

Hemos abierto este espacio en TikTok. Se llama «cuerpoenpalabras». Dirigido a jóvenes, pretende ser el contrapunto del mainstream y hacer pensar, más que actuar con y sobre el cuerpo. Por favor difunde, así nos ayudamos todos. Es anónimo.

Miguel Bosé no es un negacionista, es un paranoico. Este es su diagnóstico y también su delirio.

La paranoia es un delirio persecutorio donde  el sujeto se siente perseguido por unos poderes malignos que pretenden aniquilarlo. Para no entrar en detalles psicopatológicos, solo diré que hay dos rasgos que definen este diagnóstico: la certeza y la inocencia. 

El señor Bosé tiene una certeza absoluta —inquebrantable— de lo que enuncia; no miente. Él está en posesión de la Verdad, sin lugar a dudas. Tiene la certeza de que existe una conspiración del sistema que lo tiene atrapado y condenado.

La inocencia es otro rasgo del paranoico. El inocente no participa de ninguna manera en lo que padece; el culpable es siempre el Otro.

Sí, amigos, al ser un delirio urdido con el “Sistema”, le da una cierta credibilidad y deviene algo mas complejo que el delirio de “los marcianos».

Creo, y casi tengo la certeza, que la participación de un psicoanalista en algunos debates podría aclarar, asesorar y situar las cosas donde les corresponde estar. Tomen nota.

Si no, nos quedamos con el bla bla bla de los periodistas o los  científicos de turno, que no acaban de entender las complejidades de nuestra mente.

¡Ojo! Tampoco diría que todos los negacionistas cojean del mismo pie; los hay de diferentes estirpes.

Pero, tranquilos, nadie en su sano juicio está en posesión de la verdad absoluta, salvo algunos extraviados que la creen a pies juntillas.

Daniela Aparicio, psicoanalista.

El 23-F sube a escena en el Teatre Lliure.

Àlex Rigola dirige la adaptación del libro de Javier Cercas sobre el fallido golpe de Estado de 1981. Reparto formado por Pep Cruz, Enric Auquer, Xavi Saéz y Roser Vilajosana.

Un auténtico thriller político de nuestra actualidad real, donde se juegan a los dados nuestra democracia y su destino. Una España de pandereta, trágica y cómica a la vez, gobernada por un Rey de pacotilla. Esperpéntica, este es su rasgo de identidad. ¡Excelente, no se lo pierdan!

El capote (en ruso: Шинель, Shinel) es un cuento de Nikolái Gógol escrito entre 1839 y 1841, y publicado en 1842.

Un grupo de lectura me ha inspirado esta reflexión.

Retrato entrañable de un ser inexistente. Como tantos y tantos, hoy y antaño, que han pasado sin dejar huella. Solo existe, gracias a Gogol, para dar cuenta de la miseria infinita, personal y colectiva, la miseria incurable, la lacra de nuestro mundo.

Akaki Akákievich, solo tiene algo, tiene muchas kas en su nombre y apellido, significante de mucho peso.

Por lo demás, no tiene nada. K.  representa el viejo capote, encarnación y metáfora de la pobreza. El es el viejo capote cuya muerte está anunciada. No hay capote que valga para un pobre, no ha nacido para ello. Solo ha nacido para arrastrar su miseria y su inexistencia en el mundo que le ha tocado vivir, este es su destino!

Una tristeza infinita invade el lector y lo acompaña en ese recorrido de palabras que dignifican al ser. La dignidad máxima es alcanzada post mortem, cuando nuestro héroe toma cuerpo, por fin está vivo y reclama lo que le pertenece, se rebela ya muerto, contra un mundo injusto y cruel. ¡Magistral! Obra de un escritor magistral que opera un milagro con su escritura: eleva a nuestro deshecho- objeto del poder ciego-  y  le otorga la máxima categoría humana de un sujeto singular, y único.

Y como música de fondo la canción de Brassens : “pauvre Martin pauvre misère, creuse la terre creuse le temps”.