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El humano esta condenado a buscar un sentido propio a su vida, a su historia, a sus esfuerzos… y no siempre hay sentido, y, si lo hay, resulta escaso, nada proporcional a la lucha titánica de una vida. Muy a menudo, escuchamos el sufrimiento repetido de la precariedad subjetiva, el sentimiento de estar en falta, de no dar la talla, de no llegar nunca… ¿a dónde?, nos preguntamos. Nuestro sujeto piensa que esta precariedad es la señal de su fracaso personal, de su incompetencia, y no la condición natural e inherente a toda estructura humana.
Él irá a buscar su identidad soñando que esta ha de ser sólida e integra; «yo soy eso o aquello». Esta suposición también es algo errónea. La identidad suele ser múltiple o fragmentada, y, cuando pretende ser total, resulta ilusoria, un puro espejismo. Identidades, en el mejor de los casos, producto de unos deseos e ideales regidos por el superyó, con la ferocidad que este adquiere en cada momento de su época.
Late, como contrapunto a cierta levedad del ser, una aspiración a la completitud incrustada por figuras ideales, protagonizadas desde los dioses de la mitología hasta los jugadores de futbol actuales y otros héroes de turno, que son todo aquello que uno nunca alcanzará a ser. Para el humano no existe una estructura completa, ya que esta está agujereada e incluye en su misma constitución una falta, que no es el fracaso de lo humano como muchos creen, sino que es su misma condición humana, inexorable. Esta falta constitutiva es el resultado de la marca del lenguaje sobre el hablante arrancado de la naturaleza, pero también es lo que le otorga una capacidad para desear.
Este desajuste en el orden natural que soporta nuestra especie por su pertenencia al lenguaje —la letra grava y transforma la natura— introduce la dimensión específica del malestar humano. El desamparo del sujeto sujetado y su dependencia del Otro lo someten a una alienación que define su condición de sujeto atrapado en el campo del Otro.
Todo ello hace pensar que Superman —o todas las figuras superlativas del poder que lo representan— guarda cierto aire cómico y una pretensión absurda, la caricatura de lo humano, que, como decíamos antes, es incompleto por definición. Y eso es valido para todos y cada uno de nosotros.
Tal vez, nuestra única fortaleza verdadera sería la de asumir esta falta constitutiva y no olvidarla. La integridad consiste en recordar la falta propia y en soportarla.
Conocemos los retos del narcisismo y también sus impases. La imagen yoica, la que se constituye precozmente para el bebé, es la matriz de una completitud anticipada pero inexistente, es una falsa imagen, cuyos fenómenos en la clínica delatan sobradamente su gravedad. Todo aquel que se queda capturado en esa imagen está predestinado a lo peor, como Narciso. La pulsión de muerte se conjuga así con la vida de una forma compleja e intrincada. ¿Quién las puede separar? En El gran dictador, Chaplin nos ofrece una versión tragicómica de esta farsa. Hitler puede ser un pobre judío que escapa al exterminio por la vía del humor.
El poder, el poderoso, el que se lo cree, es, finalmente, un impostor, un farsante o un loco. Pero debemos añadir algo más: sin nuestra mirada y nuestro sostén se caería y se rompería en pedazos, como los ídolos de barro de Abraham. Dios le manda romperlos para salir del entuerto y construir una divinidad única, la excepción a la regla; todos los demás son mortales.
No podemos olvidar esta complicidad importante entre la aspiración megalomaníaca de algunos, sostenida, a su vez, por la propia aspiración del otro mortal, víctima y verdugo de sí mismo que desea seguir soñando. Sin esta alianza los excesos del poderoso en este mundo no serían posibles.
Los políticos son unos fantoches encumbrados al poder con nuestros votos. En su prepotencia, han aprovechado la jugada, han robado y engañado para demostrarnos que nos hemos equivocado.
Antes, el suicidio podía ser una figura del honor. El que perdía la cara en lo social se borraba del mapa acabando con su vergüenza. Hoy, estamos rodeados por caraduras que pierden la faz y no dan cuenta de ello, siguen deambulando como si nada hubiera pasado. Y, sin embargo, algo grave ha pasado, la dignidad se ha perdido en el camino y nadie acusa recibo.
Podríamos pensar en Jordi Pujol, por ejemplo, padre de la patria, Honorable, cuyos grandes ideales han caído en saco roto. Literalmente, han acabado en el saco, sin que podamos decir la bolsa o la vida; él ha elegido ambas cosas, olvidando que se trata de una elección y de una renuncia. En muchos casos la prepotencia se casa con la estupidez. La imposibilidad de poner un límite, de saberse limitado, produce estragos y excesos para el mismo sujeto y para sus allegados.
Es hora de corregir el rumbo. PODEMOS tomar la palabra.

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3 Comments

  1. Es muy gratificante poder “tomar la palabra” para notificar la lectura del artículo de Daniela Aparicio sobre el concepto fundamental del psicoanalísis , la castración simbólica y el lugar que ocupa ese espacio vacío como estructurante del sujeto, alrededor del cual como un agujero negro giran los toros de los registros simbólico, real e imaginario a los que está sometido el sujeto hablante atravesado por el lenguaje.

  2. ¡Gracias, José!

    • Marta Perez Valverde - Viena Austris
    • Posted noviembre 15, 2014 at 10:10 pm
    • Permalink
    • Responder

    Sípodemos tomar la palabra, debemos tomar la palabra. Porque aquella clase dirigente no la tiene. No tienen
    palabra!!. No se les puede creer nunca mas.
    Debemos tomar la palabra, la verdadera palabra, tomar la palabra de la ética. Tomar la palabra para vivir y no
    sobrevivir con el palabrerío de aquellos que no tienen palabra.


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