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«El jardín de las delicias», o sea, el paraíso terrenal, no es ningún paraíso, y puede que sea incluso un infierno o una pesada pesadilla incrustada de locuras, excesos y deformidades, las que definen al género humano. Esta sería, grosso modo, la intención de El Bosco en su extraordinario cuadro, llamado en el documental de López Linares «Jardín de los sueños».

El matrimonio entre cultura y natura produce monstruos, como en el sueño de la razón. Su criatura disparatada —el humanoide— navega a la deriva, sin apresar nunca lo que anhela; aspiración mística de un goce inalcanzable que se debate incesantemente con miedos y fantasmas. Lo que no se ve en el cuadro toma relieve, el inconsciente traza la directriz de la obra; un tríptico cuya cubierta es un globo terráqueo, o las interioridades de nuestra propia cabeza. Ninguna obra como esta ha podido decirlo mejor, decir la condición humana y su aberrante historia en relación con la sublimación, decir lo que el humano no sabe pero que sí padece.

La escritora Nélida Piñón comenta incluso que habría que inventar las palabras que no existen para decirlo. Tenemos la imágenes, ¿cómo nombrar lo innombrable?

El documental de López Linares, tan de agradecer cuando nos introduce en las imágenes hasta formar parte y fundirnos en ellas, decepciona en la selección de algunos de sus comentaristas. En primer lugar, por la misma condición de la interpretación, que es imposible. Y también por lo superfluo de algunos comentarios. Solo el silencio sagrado y tal vez la música pueden acompañar a la sucesión de imágenes del cuadro.

Lo que me ha resultado especialmente extraño, si me permiten, es la ausencia de la hermenéutica del psicoanálisis a la hora de navegar en el mundo o «Jardín de los sueños». Para hablar de nuestros sueños aparecen comentarios que remiten a la Neurología y al TAC cerebral. ¿Adónde hemos ido a parar? Si la ciencia es nuestra referencia magna para comprender lo humano, esta obra no hubiera existido nunca, y quizás lo humano en su singular subjetividad tampoco. En quinientos años, nuestra visión del mundo ha cambiado; un mundo imaginario y exuberante abierto a la creatividad y a la locura ha sido aniquilado por la ciencia y aplastado el misterio y enigma humanos que nos devuelve el cuadro. Nuestra mirada se ha deformado hasta alcanzar una banalidad que roza la ceguera y erradicado la complejidad y fascinación del Jardín hasta convertirlo en un desierto insípido. El psicoanálisis desaparece, como el tritono, llamado intervalo del Diablo, que se evitaba en el canto eclesiástico medieval por su disonancia.

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