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Monthly Archives: noviembre 2018

La verdad sea dicha, los psicoanalistas contamos poco de nuestra práctica. Las razones son obvias: existe una ética del sagrado secreto profesional y del respeto absoluto a lo que cada uno cuenta en su cura. Sin embargo —y hace tiempo que lo pienso—, creo que hay una ética que nos obliga a decir algo de nuestra práctica, para que esta no quede sepultada en el secreto de las catacumbas y pueda circular algo de nuestro quehacer, para que se sepa cuáles son sus efectos sobre los sujetos que escuchamos y también para aquellos que sufren y callan. También para tratar de decir algo de la locura —que no lo es— del desvarío humano que segrega malestares. Nosotros sí sabemos distinguir estructuras y hacer diagnósticos, pero no trabajamos con etiquetas. El que acude a nuestra consulta es bienvenido para decir lo que lo trae, el sufrimiento que padece, cada uno a su manera.  Tomar la palabra en sí, hablar del dolor, las contradicciones personales y contar la historia personal inspira de por sí un respeto absoluto. Tener el valor de ahondar en los abismos de cada uno es un hecho conmovedor, como suelen ser las historias singulares que escuchamos, cada una a su manera, con sus fantasmas, defensas y estilos personales, y con el deseo de superar las trabas y alcanzar un lugar mas cómodo en la vida. Tomar la palabra tiene un gran valor, sobre todo cuando el “discurso Amo” manda callar, someterse y consumir; tiene el valor del valiente inconformista que sale de la inercia resignada para confrontarse con su malestar y atravesarlo, buscando un cambio y el encuentro con su deseo personal.

“¿Es normal lo que me pasa?” Esta es una pregunta frecuente que delata la presión ambiental y el empuje a la homogeneidad. ¡No hay norma que dicte “lo normal”! Y este es el secreto de la diversidad, de la diferencia radical a la cual cada uno puede aspirar. “¿Es normal lo que me pasa?” Esta pregunta también delata una fractura del ser, la aparición de un sufrimiento que no estaba antes y que aparece con mayor fuerza y motiva la consulta.

Voy a intentar, de vez en cuando, transmitir fragmentos del discurso de personas que he escuchado. Por ejemplo, el caso de una mujer joven que me cuenta, llorando, hace meses que llora “sin motivo”. Llora desconsoladamente, en el trabajo o en su casa, y es presa de unos ataques de llanto que no puede referir a nada. Un médico le dice que quizás se deba a que bebe demasiada agua (no es broma);  otro, le recomienda ir al oculista. ¡Así son las cosas! En las entrevistas conmigo aparece su soledad infantil, como un boquete, y me cuenta que nunca fue motivo de queja. El niño recibe el sentido de su llanto del otro, de allí recibe su sentido. En la cura, poder dar sentido a su llanto, a su dolor de existir, produce un alivio. Cuando habla de sus vínculos y de su historia, las lágrimas dejan de ser una secreción orgánica para devenir una categoría subjetiva; encuentra las palabras que dicen su tristeza y su desamparo.

Para un psicoanalista, lo preocupante es que no haya síntomas. Uno se pone a temblar cuando escucha que al sujeto nunca le pasó nada o que “no le ha faltado nada”.

El pronóstico de la Organización Mundial de la Salud nos advierte: “Se espera que los trastornos depresivos, en la actualidad responsables de la cuarta causa de muerte y discapacidad a escala mundial, ocupen el segundo lugar, después de las cardiopatias,  en el 2020”.

Recuerdo que eso empezó hace unos treinta años, aproximadamente, algo más. Estaba trabajando en un servicio público,  y empezaba a percatarme de que se multiplicaban los diagnósticos de “depresión”, que de este modo se convertía en un cajón de sastre. Esto implicaba que estábamos obligados a estar muy alertas con respecto al diagnóstico, para poder discriminar el sufrimiento particular de cada uno.

La  paradoja que delata este ejército de deprimidos,  como patología principal de nuestro tiempo,  viene a decir lo mismo, hay un malestar creciente de muchos sujetos que sufren  una especie de duelo interminable,   abandonados a su suerte,  o  a sus fármacos,   y a su silencio en soledad. Hay sujetos que no acaban de estabilizarse en una relación al otro con su diferencia y sus marcas,  para poder  tratar su síntoma y situarlo en su historia particular.

¿Cómo entender y tratar este flagelo de nuestro tiempo marcado por una tristeza  tan especial y paradójica. ¿A quién encomendarse?

El psicoanálisis no es una terapia como las demás. Es una terapia por la palabra, sí,  cura! Y se preocupa por el dolor del síntoma, pero a la vez apuesta mas allá de eso, apuesta por una transformación subjetiva. Las personas que llegan a la consulta con su dolor  a cuestas, en su mayoría mejoran en un tiempo breve, prosiguen su tratamiento para ir más allá del alivio sintomático y alcanzar un cambio duradero.

No podemos hablar en plural de “curas”, son una por una, cada una tiene su singularidad.

 El analista vela por la cura pero no la dirige, no le dice al paciente lo que tiene que ser o que hacer. Si el sujeto se constituye y esta alienado en el campo de los demás, en su terapia,  la persona se libera de las presiones del Otro, esta libre para escoger su camino, esta vez sí! No es una cura universal, para todos por igual. Es un proceso particular, a la medida de la historia personal de cada uno.

Una paciente que lleva tiempo en terapia, la define como un renacimiento, salir de las tumbas. Para algunos es así, librarse de la pulsión de muerte y de los estragos de vida. Otra persona se despedía hace poco diciendo que por primera vez había entendido algo: ha sacado a la luz lo que tenía como una masa de confusión.

El discurso dominante se vuelve  a veces contra el mismo sujeto,  lo releva de todas las responsabilidades de su propia vida. Pero lo condena al silencio.              El psicoanálisis no es una psicoterapia como las demás.Se distingue entre otras cosas, por la extensa formación del psicoanalista que consiste en su análisis personal,  su formación teórica y en la supervisión de sus casos. Todo ello supone un proceso largo, serio y riguroso; única garantía de nuestra práctica.

Para algunas terapias el sujeto no existe. No hay historia, no hay memoria que sitúe al sujeto en sus vínculos y en sus coordenadas simbólicas. ¿Cuál es su inscripción? Ninguna. Se actúa sobre un sujeto anónimo, sobre su cuerpo, que deviene un saco que se llena, o se vacía. Reducir a los pacientes a una ecuación biológica y tratarlos como tales equivale a decapitarlos, literalmente.

Los psicoanalistas no pensamos en términos de “epidemia”, por el contrario, tratamos a cada sujeto, uno por uno, para darle un lugar propio y devolverle la palabra y un lugar más cómodo en su vida y en sus relaciones.