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Monthly Archives: julio 2019

Autor y director: Juan Mayorga
Con: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez

En la Varsovia de nuestros días, Blanca oye la leyenda del cartógrafo del gueto. Según esa leyenda, un viejo cartógrafo se empeñó, mientras todo moría a su alrededor, en dibujar el mapa de aquel mundo en peligro; pero como sus piernas ya no lo sostenían, como él no podía buscar los datos que necesitaba, era una niña la que salía a buscarlos para él. Blanca tomará por verdad la leyenda y se lanzará a su vez, obsesivamente, a la búsqueda del viejo mapa y, sin saberlo, a la búsqueda de sí misma. El cartógrafo es una obra –un mapa- sobre esa búsqueda y sobre aquella leyenda.

Obra profunda, sin duda, acerca del tiempo, siempre subjetivo, y de la memoria, fragmentada y extraviada, por mucho que intenten construirle un mapa. Lacan decía que aunque tengamos el mapa de la casa, no dejamos de tropezar con sus paredes. Los tropiezos que la obra recorre, a lo largo de toda una vida, relatan el dolor de las perdidas y de las crueldades humanas, incurables!

Pero como de Varsovia se trata, nada menos, nos plantean la vieja polémica de la ética de la representación. Este es el escollo de la obra y su autor lo sabe. El horror no tiene metáfora, ni palabras para decirlo. El Mal en tanto real deja un boquete que reclama una invención y una sabiduría especial para  ser tratado. Les añado una vieja polémica que da cuenta de esa dificultad

¿Cómo dar cuenta de los horrores cometidos por los hombres contra los hombres? ¿Es posible una representación? ¿Cual sería su ética para poder sostener la memoria?

Hoy las fotos, miles de fotos banalizan el lugar y la experiencia. Fotos de Auschwitz. También hay palabras  que dan cuenta del uso de un lenguaje que se torna inmundo. Pocos cineastas (¿Duras, Dreyer?) han creído tanto como Lanzmann en el poder de la palabra. De hecho, él lo escribiría con mayúsculas: el Verbo. De esta convicción hizo un dogma de fe que le llevó a posiciones extremas, en su polémica con Didi-Huberman, véase el esclarecedor ensayo del mismo, Imágenes pese a todo. Paidós, 2004. Cuando este último expuso las fotografías que habían tomado las víctimas de los Campos, arriesgando sus vidas para dejar testimonio del horror que padecían, Lanzmann se lo reprochó muy duramente. Es cierto, la foto de la Cámara de gas, ni remotamente puede transmitir lo que en ella ocurría.  Solo los relatos personalizados, lo recuerdos de los supervivientes que explican su experiencia personal, única, nos acercan a cierta verdad de lo insoportable. 

Ninguna imagen puede reproducir lo que paso. Y sin embargo, desearía romper una lanza a favor de Didi-Hubermann,  él nos viene a decir que el proyecto nazi era no dejar rastro del exterminio en masa,  para hacerlo “inimaginable”.  Las fotos de los prisioneros están dirigidas a lo inimaginable, y lo refutan de la manera más desgarradora que existe. Por eso, Auschwitz ya no es inimaginable, es una llamada a la tarea —tan insoportable como necesaria— de ponernos a imaginar.

Por todo ello, quizás la escena mas lograda de esta obra es la tiza que marca el cuerpo que yace. Misterioso modo que plasma el lugar del cuerpo que fue,  y la cartografía de la desaparición.

Cuando la sangre de un hermano nos salpica, inunda el escenario y acompaña toda la obra, no hay metáfora! Hay un real insoportable indecible, que da testimonio de los tantos aniquilados de nuestra Historia. Podría ser la niña de la Manada, el musulmán de Auschwitz, o cualquier humano que deja de serlo por la sádica voluntad del Otro. Aunque la obra intenta reconstruir la humanidad con palabras y amor para salvarnos del horror, no hay salida! Gran obra, cala muy hondo y de eso se trata.

• TAN POCA VIDA (A LITTLE LIFE) INTERNATIONAL THEATER AMSTERDAM. DIRECCIÓN IVO VAN HOVE
• En el LLIURE, Barcelona.
Amistad masculina, amor y dolor, mucho dolor… Pocas veces habréis visto un montaje tan intenso, una historia devastadora que resulta radicalmente exigente para los actores.
En 2015, Hanya Yanagihara, una autora nacida en Los Angeles e hija de un padre hawaiano y una madre coreana, publicó una novela de cerca de mil páginas que se convirtió en un best-seller. Considerada una de las mejores novelas del año por The New York Times, fue finalista del Man Booker Prize y del National Book Award for Fiction. Partía de la historia de cuatro amigos y su relación durante un periodo de cerca de treinta años. Y se centraba en el personaje de uno de ellos, un abogado neoyorquino con una historia durísima que arranca en la niñez y que lo conduce a la autodestrucción. El catálogo de horrores físicos y morales sacude de una forma casi insoportable a unos lectores y lectoras que, aun así, se sienten incapaces de abandonar la novela. Hay quién ha visto en la historia del abogado y los amigos que intentan ayudarle una especie de disección de la masculinidad contemporánea. Y existe también quien, como Ivo van Hove, ha encontrado en ella una historia sobre el bien y el mal. El director de la prestigiosa compañía Internationaal Theater Amsterdam (Toneelgroep Amsterdam y el Amsterdam Stadsschouwburg se fusionaron en enero de 2018 y, a partir de la temporada 2018-19, operan bajo el nombre de Internationaal Theater Amsterdam) lleva al escenario una de esas novelas que tienen la capacidad de cambiar la vida de los lectores. Actores y actrices se enfrentan a un reto interpretativo terriblemente exigente, en una puesta en escena, asfixiante e inclemente que, dicen, es uno de los mejores trabajos de Van Hove. El director, que controla con una precisión extrema los estados de ánimo de los personajes, utiliza los recursos escénicos para mostrarnos una Nueva York en la cual el éxito y la satisfacción se imponen como una norma, mientras usa una formación de cuerdas en directo (BL!NDMAN, con quien ya colaboró en Tragèdies romanes) para marcar la acción en escena.