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Autor y director: Juan Mayorga
Con: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez

En la Varsovia de nuestros días, Blanca oye la leyenda del cartógrafo del gueto. Según esa leyenda, un viejo cartógrafo se empeñó, mientras todo moría a su alrededor, en dibujar el mapa de aquel mundo en peligro; pero como sus piernas ya no lo sostenían, como él no podía buscar los datos que necesitaba, era una niña la que salía a buscarlos para él. Blanca tomará por verdad la leyenda y se lanzará a su vez, obsesivamente, a la búsqueda del viejo mapa y, sin saberlo, a la búsqueda de sí misma. El cartógrafo es una obra –un mapa- sobre esa búsqueda y sobre aquella leyenda.

Obra profunda, sin duda, acerca del tiempo, siempre subjetivo, y de la memoria, fragmentada y extraviada, por mucho que intenten construirle un mapa. Lacan decía que aunque tengamos el mapa de la casa, no dejamos de tropezar con sus paredes. Los tropiezos que la obra recorre, a lo largo de toda una vida, relatan el dolor de las perdidas y de las crueldades humanas, incurables!

Pero como de Varsovia se trata, nada menos, nos plantean la vieja polémica de la ética de la representación. Este es el escollo de la obra y su autor lo sabe. El horror no tiene metáfora, ni palabras para decirlo. El Mal en tanto real deja un boquete que reclama una invención y una sabiduría especial para  ser tratado. Les añado una vieja polémica que da cuenta de esa dificultad

¿Cómo dar cuenta de los horrores cometidos por los hombres contra los hombres? ¿Es posible una representación? ¿Cual sería su ética para poder sostener la memoria?

Hoy las fotos, miles de fotos banalizan el lugar y la experiencia. Fotos de Auschwitz. También hay palabras  que dan cuenta del uso de un lenguaje que se torna inmundo. Pocos cineastas (¿Duras, Dreyer?) han creído tanto como Lanzmann en el poder de la palabra. De hecho, él lo escribiría con mayúsculas: el Verbo. De esta convicción hizo un dogma de fe que le llevó a posiciones extremas, en su polémica con Didi-Huberman, véase el esclarecedor ensayo del mismo, Imágenes pese a todo. Paidós, 2004. Cuando este último expuso las fotografías que habían tomado las víctimas de los Campos, arriesgando sus vidas para dejar testimonio del horror que padecían, Lanzmann se lo reprochó muy duramente. Es cierto, la foto de la Cámara de gas, ni remotamente puede transmitir lo que en ella ocurría.  Solo los relatos personalizados, lo recuerdos de los supervivientes que explican su experiencia personal, única, nos acercan a cierta verdad de lo insoportable. 

Ninguna imagen puede reproducir lo que paso. Y sin embargo, desearía romper una lanza a favor de Didi-Hubermann,  él nos viene a decir que el proyecto nazi era no dejar rastro del exterminio en masa,  para hacerlo “inimaginable”.  Las fotos de los prisioneros están dirigidas a lo inimaginable, y lo refutan de la manera más desgarradora que existe. Por eso, Auschwitz ya no es inimaginable, es una llamada a la tarea —tan insoportable como necesaria— de ponernos a imaginar.

Por todo ello, quizás la escena mas lograda de esta obra es la tiza que marca el cuerpo que yace. Misterioso modo que plasma el lugar del cuerpo que fue,  y la cartografía de la desaparición.

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