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La verdad sea dicha, los psicoanalistas contamos poco de nuestra práctica. Las razones son obvias: existe una ética del sagrado secreto profesional y del respeto absoluto a lo que cada uno cuenta en su cura. Sin embargo —y hace tiempo que lo pienso—, creo que hay una ética que nos obliga a decir algo de nuestra práctica, para que esta no quede sepultada en el secreto de las catacumbas y pueda circular algo de nuestro quehacer, para que se sepa cuáles son sus efectos sobre los sujetos que escuchamos y también para aquellos que sufren y callan. También para tratar de decir algo de la locura —que no lo es— del desvarío humano que segrega malestares. Nosotros sí sabemos distinguir estructuras y hacer diagnósticos, pero no trabajamos con etiquetas. El que acude a nuestra consulta es bienvenido para decir lo que lo trae, el sufrimiento que padece, cada uno a su manera.

Tomar la palabra en sí, hablar del dolor, las contradicciones personales y contar la historia personal inspira de por sí un respeto absoluto. Tener el valor de ahondar en los abismos de cada uno es un hecho conmovedor, como suelen ser las historias singulares que escuchamos, cada una a su manera, con sus fantasmas, defensas y estilos personales, y con el deseo de superar las trabas y alcanzar un lugar mas cómodo en la vida. Tomar la palabra tiene un gran valor, sobre todo cuando el “discurso Amo” manda callar, someterse y consumir; tiene el valor del valiente inconformista que sale de la inercia resignada para confrontarse con su malestar y atravesarlo, buscando un cambio y el encuentro con su deseo personal.

“¿Es normal lo que me pasa?” Esta es una pregunta frecuente que delata la presión ambiental y el empuje a la homogeneidad. ¡No hay norma que dicte “lo normal”! Y este es el secreto de la diversidad, de la diferencia radical a la cual cada uno puede aspirar. “¿Es normal lo que me pasa?” Esta pregunta también delata una fractura del ser, la aparición de un sufrimiento que no estaba antes y que aparece con mayor fuerza y motiva la consulta.

Voy a intentar, de vez en cuando, transmitir fragmentos del discurso de personas que he escuchado. Por ejemplo, el caso de una mujer joven que me cuenta, llorando, que hace meses que llora “sin motivo”. Llora desconsoladamente, en el trabajo o en su casa, y es presa de unos ataques de llanto que no puede referir a nada. Un médico le dice que quizás se deba a que bebe demasiada agua (no es broma);  otro, le recomienda ir al oculista. ¡Así son las cosas! En las entrevistas conmigo aparece su soledad infantil, como un boquete, y me cuenta que nunca fue motivo de queja. El niño recibe el sentido de su llanto del otro, de allí recibe su sentido. En la cura, poder dar sentido a su llanto, a su dolor de existir, produce un alivio. Cuando habla de sus vínculos y de su historia, las lágrimas dejan de ser una secreción orgánica para devenir una categoría subjetiva; encuentra las palabras que dicen su tristeza y su desamparo. Para un psicoanalista, lo preocupante es que no haya síntomas. Uno se pone a temblar cuando escucha que al sujeto nunca le pasó nada o que “no le ha faltado nada”.

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